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Érase Una Vez En Hollywood

Tarantino y la cultura del refrito como espejos del callejón sin salida de los Estados Unidos

Por Marcelo Figueras

Hace treinta años y monedas, promediando el ’92, me encontraba en el sur de Francia. Me había tocado cubrir el festival de Cannes para el diario Clarín. Era mi primer certamen internacional. Estaba más excitado que Milei en un banco de órganos. Hablo de una época en la que todavía no era común el uso de Internet, y todavía se promocionaba cada película mediante una gacetilla de varias página. Como todo lo relacionado con Cannes me entusiasmaba de forma fetichista, cuando encaré el operativo retorno arrastré conmigo las gacetillas que había acumulado. Al despachar el equipaje, la balanza marcó un sobrepeso que sólo hubiese afrontado vendiendo un pulmón. (¿Dónde estabas entonces, Milei, cuando tus artes de buhonero eran tan necesarias?) No me quedó otra que deshacerme de papeles a lo bobo. Tardé tanto en hacerlo, que casi pierdo el vuelo. Tuvieron que volver a conectar la manga para que yo subiese al avión. Nunca olvidaré la expresión de los pilotos. Me veían desde la cabina, mientras yo me acercaba con el tubo que se extendía otra vez en dirección a la máquina alada. Si las miradas matasen, yo no estaría aquí.

Durante una de las jornadas, mientras esperaba la exhibición de un film en competencia, decidí meterme a ver otra película. Sabía que no me daría el tiempo para saborearla completa, pero como no contaba con mejor plan, elegí curiosear hasta que se hiciese la hora señalada. Ese film ni siquiera formaba parte del certamen oficial, pero en su elenco había dos actores que me interesaban: Harvey Keitel, que era sinónimo del cine de Scorsese (Mean Streets, Taxi Driver) y Tim Roth, a quien recordaba de una película de Stephen Frears llamada The Hit y que había sido uno de los protagonistas de la película de Tom Stoppard Rosencrantz y Guildenstern están muertos. (Este Rosencrantz era el personaje secundario de Hamlet, no el personaje secundario de nuestra Corte Suprema.) Según la escueta info, la película pertenecía al género policial —lo cual para mí era un plus, no un demérito— y estaba dirigida por un debutante. El cineasta se llamaba Quentin Tarantino y la película era Reservoir Dogs.

«Reservoir Dogs» (1992).

Me fascinó tanto lo que Tarantino desplegó ante mis ojos, que me cagué en el film en competencia. Nunca fui a verlo, me quedé prendado de Reservoir Dogs hasta el final. Después me las arreglé para no perderme la única actividad oficial de la cual el tal Tarantino estaba convocado a participar: una mesa redonda al aire libre, donde estaría rodeado de pesos pesados. (Recuerdo ahora a Robert Altman.) La desproporción entre el prestigio de Altman —autor de maravillas como MASH, Nashville, Tres mujeres y la por entonces flamante The Player— y la novedad de este nerd que había aterrizado en Cannes con su peliculita bajo el brazo, era atroz. Pero durante la charla no se notó. Con su verborragia, cinefilia y sentido del humor, Tarantino se morfó la escena: la mesa se transformó en El show de Quentin. Fue como si el personaje que interpreta brevemente en Reservoir Dogs —el Señor Brown— hubiese salido de la pantalla para avasallar a aquellos próceres del cine, tal como al comienzo del film domina la conversación que tiene lugar en la mesa de delincuentes fogueados, a quienes les revela el sentido de la canción de Madonna Like A Virgin.

En mi crónica sobre Cannes le dediqué a este pibe y su película más espacio del que ameritaba, tratándose de un film exhibido como curiosidad paralela a la competición. Pero no me equivoqué: sigue siendo un modesto orgullo haber escrito el primer artículo donde un medio argentino llamó la atención sobre este director de nombre francés y apellido italiano.

¿Se acuerdan de Reservoir Dogs? Es una película pequeña en términos de producción pero osada en términos de realización. En ella, el elemento central del relato está escamoteado: el atraco que se dispone a dar una banda de profesionales a quienes un capanga convoca bajo nombres de colores, para que no se delaten si algo sale mal (Brown, Orange, Pink, White)— ese asalto nunca se ve. La película muestra el antes y el después, pero no la acción pivotal de la cual derivan todas las consecuencias. Un procedimiento parecido al que tiempo después usó Piglia en Plata quemada, donde también hay delincuentes, un asalto y una fuga pero nunca se nos pone en medio de la acción: todo lo que sabemos proviene de fuentes indirectas — testigos, crónicas periodísticas, historias clínicas.

Quentin Tarantino en una imagen de «Reservoir Dogs».

En Reservoir Dogs, esa decisión tenía una primera razón de ser que respondía a un condicionamiento. Filmar el asalto era demasiado caro para el presupuesto con el que contaba. Pero Tarantino le extrajo todo el jugo narrativo que le podía sacar, convirtiendo limitación en potencia. Al quitar de en medio la escena tradicional del género, el film generaba expectativas respecto de lo que ocurre durante el atraco (algo que los sobrevivientes discuten, sin que sepamos quién dice la verdad), explotaba la tensión de las consecuencias del golpe —que en términos generales, transcurre en tiempo real— y liberaba espacio para que la narrativa se dedicase a otras cosas, laterales al hecho delictivo. La relación entre la película y la tradición del género policial es paralela a la tensión que existe entre Mr. Orange (Tim Roth) y Mr. White (Harvey Keitel). Lo que discute Reservoir Dogs es cuándo una traición es una traición, y por ende un hecho condenable, y cuándo —por el contrario— representa exactamente lo que había que hacer.

Cosas familiares

En Reservoir Dogs ya están presentes las marcas que de allí en más asociamos al cine de Tarantino. La afición a los géneros populares o directamente pulp. (El policial, el spaghetti western, la peli de guerra o de artes marciales). La cita cinéfila u «homenaje». (Justo cuando preparaba este texto, alguien subió a Twitter la escena de 8 y 1/2 de Fellini en la cual Tarantino se inspiró para el concurso de danza que, en Pulp Fiction, ganan Mia Wallace y Vincent Vega.) La narrativa que irrespeta el tiempo lineal, no tanto por ánimo experimental como en pos de un efecto dramático. (Como la muerte de un protagonista en mitad de Pulp Fiction, que sin embargo reaparece cuando el relato pone marcha atrás.) La violencia granguiñolesca, over the top. (Reservoir Dogs llamó la atención desde el principio por la cantidad de público que abandonaba la sala en mitad del film, incapaz de tolerar la escena de tortura a un policía a manos de Mr. Blonde. Entre los que se eyectaban espantados hubo gente a la que se suponía curtida, como el cineasta de horror Wes Craven y el especialista en efectos especiales Rick Baker.) Y además los diálogos extensos, floridos y profanos, la omnipresencia de la cultura pop, las bandas de sonido que desdeñan la música original para servirse de oscuros hits de los ’70.

Cuando amainó el deslumbramiento que produjeron sus primeros films, hubo críticos que arriesgaron que su idiosincracia no era algo elogiable. Por ejemplo, subrayando la apropiación extensiva de elementos de otras películas. Yo entiendo que hay mucha cosa (y casa) tomada, pero ese tipo de rapiña es tan viejo como el arte; parte tradicional de sus reglas del juego. Casi todos los artistas se apropian de lo que les gusta y conviene del cofre de obras ajenas, sin el menor pudor. Shakespeare lo hizo repetidamente. Y en la música, ni les cuento. Debe haber pocas canciones que no sean variaciones más o menos felices de otras que deslumbraron a su autor. Lo importante es que el artista procese esa data de forma personal, le añada su impronta. Los grandes son los que metabolizan influencias y generan algo nuevo a partir de lo remanido, los prescindibles son aquellos que no trascienden el acto de la apropiación: lo que separa a David Bowie del presunto humorista Nik, por ejemplo.

Pero además, Tarantino es una expresión genuina de su tiempo. El ex empleado de Video Archives —una tienda de Manhattan Beach, California— pertenecía a la primera generación que por primera vez tuvo la historia del cine al alcance de la mano. Hasta entonces, la cinefilia de la que disponíamos era errática e incompleta, porque dependía de aquello que habíamos tenido suerte de pescar, en ciclos de las salas dedicadas al cine arte. (Dicho sea de paso: gracias, míticas Lugones y Hebraica, patria chica de tantas iluminaciones.) Pero a partir de la difusión del video —y ahora más aún, en este mundo digital tan bien (plata)formado—, lo tenemos todo a disposición. Y por eso se volvió lógico, o al menos esperable, que quienes se dedican al cine desde entonces sean jóvenes que han visto más, mucho más: lo alto y lo bajo, lo nacional y lo global. En este sentido, son la encarnación humana de la posmodernidad: la realidad los empuja a la deconstrucción y el pastiche.

Mi hijo de 8 años, por ejemplo, no ve tan sólo lo que está viendo en la pantalla, sino que además busca en cada encuadre aquello a lo que hoy se le dice referencias: la escena en curso es la escena y al mismo tiempo otras escenas a las que remite, como hipervínculos que conducen a otra fuente. Lo cual me fascina, porque sugiere que ya a su corta edad entiende que lo que ves nunca es lo que se ve y nada más, que por detrás de todo hay una trama que pide ser decodificada. Claro, también ocurre que a veces prefiere ver a YouTubers que resumen lo que cuentan películas o series en lugar de ver los originales. Créanme, hay gente joven que se dedica a eso, a ahorrarte el trabajo y el tiempo de ver the real thing y a regurgitarte la comida masticadita en el pico. No creo que se den cuenta de que practican una variante de la operación que Borges convirtió en arte, cuando en vez de crear las grandes obras que le daba paja o temía escribir, inventó versiones de segunda mano, entre la síntesis y el comentario interesado, de esas obras mayúsculas que nadie más leyó o nunca existieron.

El advenimiento de estas generaciones que crecieron viendo todo lo que querían generó, de forma inevitable, relatos que son apenas un dejá vu infinito. Tal vez el ejemplo más acabado de esta tendencia sea la serie de Netflix Stranger Things, de la que por cierto disfruto casi tanto como mis hijos. El relato de los hermanos Duffer trabaja sobre la noción de familiaridad: todos sus elementos fantástico-terroríficos los vimos ya en otras historias, todo su arsenal pop es nostálgico (la historia transcurre en los ’80, década durante la cual los Duffer fueron niños), la caracterización de los personajes y sus interacciones despiertan ecos de otras películas, series, novelas. Por cierto, los Duffer hacen muy bien lo que hacen, pero en términos generales la serie nunca se eleva por encima de las bondades del guiso hecho con sobras: sabroso y nutritivo como los platos originales, pero nunca deslumbrante. No hay en Stranger Things nada que desconcierte, que comprometa el equilibrio emocional del espectador. Es como seguir andando en bici con rueditas extra de auxilio, cuando hace rato que dejaste de ser niño. Su título suena irónico porque de stranger, de una rareza superior a otras, no tiene nada; debería llamarse More Familiar Things.

«Stranger Things».

Sigo pensando que el talento de Tarantino es superior. Siempre disfruté de su cine, a pesar de que nunca se desprendió de las rueditas extra del entramado pop-cinéfilo sin el cual parece no ser capaz de andar solo. (¿Cuánto quedaría en pie del relato, si lo despojásemos de su intrincada armazón de citas a otras obras?) Pero lo que hoy me interesa es reconsiderarlo bajo otra luz. Porque a pesar de que intenta validarse en el estricto marco de un universo ficcional —sus películas no quieren relacionarse con lo que entendemos como realidad, viven en un universo construido exclusivamente por otras películas y series—, de todos modos reflejan su tiempo y su cultura, aunque lo hagan a regañadientes.

Yo encuentro cada vez más puntos de contacto entre su cine y las características de la sociedad estadounidense actual. En su violencia desorbitada, cuyas consecuencias se minimizan y a la cual se celebra, a causa de su rendimiento estético. (Pocas cosas son más fotogénicas que la sangre, lamentablemente.) En la arbitrariedad con que reescribe el tiempo y la Historia. (Recuerden que en sus últimas películas decidió que Hitler no se suicidase como figura en las crónicas, sino que fuese eliminado por un comando aliado —Bastardos sin gloria—; y que imaginó que el Clan Manson no llegó nunca a asesinar a Sharon Tate —hablo de Érase una vez en Hollywood—, gracias a la intervención salvífica de un tipo que trabaja de extra en la industria cinematográfica.) Me refiero también a la endogamia de un universo pop que en sus relatos siempre está blindado, porque nunca se deja intervenir o cuestionar. Y a la persistente negativa de Tarantino a crecer, alentada por el público, que le dio la espalda cuando hizo su única película adulta protagonizada por gente, en vez de caricaturas o clichés. (Me refiero a Jackie Brown.)

Por todo esto, y más, las películas de Tarantino constituyen un espejo interesante en el cual analizar la decadencia y caída del Imperio que estamos contemplando hoy, boquiabiertos, mientras se desarrolla ante nuestros ojos en tiempo real.

I love Mickey

Como algunos de ustedes, yo había registrado un par de decisiones recientes de la Corte Suprema conservadora —hablo de aquella de Washington, no de su fan club local— que entiendo trágicas en materia de las consecuencias que alumbrará: la referida al aborto, que deja de estar protegido legalmente por el Estado nacional, y la que le impide al mismo Estado intervenir para limitar la polución que producen las empresas y condena al planeta al holocausto. Pero leyendo a María Esperanza Casullo en el newsletter Cenital, entendí que la cosa era peor aún.

El pueblo pide que la Corte la corte.

«En la última semana —decía Casullo—, la Corte Suprema estadounidense con mayoría right winger decidió empuñar una maza de demolición y derribar el (precario) orden político que había estabilizado (más o menos) a los Estados Unidos de América en los últimos 50 años. En poco más de dos semanas decidió que no existe una garantía constitucional al derecho al aborto (el precedente de Roe v. Wade tenía 49 años); que es legal que los maestros y maestras recen y hagan rezar en las escuelas públicas; que las tribus nativoamericanas no tienen soberanía sobre sus sistemas de justicia (algo establecido en tratados de hace un siglo); que el Estado federal no tiene capacidad de regular a las empresas de energía desde el punto de vista del medioambiente (la ley era de 1970, pasada por el Presidente republicano Richard Nixon); y que los estados no pueden legislar para restringir el acceso de la población a las armas, aun rifles automáticos de tipo militar (una ley de hace 40 años). Además de todo eso, señaló que iba a tomar para su revisión en los próximos meses un expediente que podría eventualmente sancionar que las legislaturas estaduales tienen la capacidad de revisar o suspender el resultado de las elecciones presidenciales si sospechan algún tipo de fraude. O sea, que las legislaturas provinciales podrían dar vuelta el resultado de una elección popular sin otra justificación». Para decirlo de otro modo: la próxima vez, Trump no necesitará de una turba que gane las calles para discutir la votación. Le bastará con el puñado de jueces que responderán a sus deseos.

A esto hay que sumarle —sí, hay más— que en los considerandos de su fallo en contra del aborto legal, el juez Thomas sugirió a la Corte que revea otros fallos que hablan de derechos concedidos a minorías. Entre ellos podrían contarse el matrimonio igualitario y las relaciones entre personas del mismo género. Pero también cuestionó fallos que atañen a mayorías, como el acceso a los métodos anticonceptivos. El juez supremo Clarence Thomas es negro, pero traiciona a la minoría de la que proviene para ser fiel a su clase adoptiva, el Poder Judicial, que a su vez responde al sector político más conservador, aun al precio de actuar de modo inconsistente. (No es lógico establecer la primacía de la Corte por encima de las autoridades federales, en defensa del derecho de los ciudadanos a portar armas, y al mismo tiempo decir que no puede pasar por encima de la autoridad federal de los estados que quieren penalizar el aborto.) En este sentido, Thomas y el Poder Judicial de los Estados Unidos se parecen mucho a ciertos empresarios argentinos: prefieren pasar papelones —y ganar mucho menos, y hasta quebrar o verse obligados a vender sus firmas— pero seguir defendiendo a su clase social, antes que negociar con sectores políticos a los que consideran enemigos.

Clarence Thomas, el juez del patíbulo.

Yo sé que las cuestiones legales parecen pasar lejos de las preocupaciones del común del pueblo, here, there and everywhere. El problema es que esos asuntos abstrusos, decididos en Olimpos que medran muy por encima de nuestros círculos, tienden a derramar sobre las calles y muy rápido, al revés de lo que ocurre con la guita, cada vez más descomprometida con la ley de la gravedad — porque la descuidás un segundo y pira hacia arriba.

El nerd Bobby Crimo.

El lunes 4 de julio, Día de la Independencia de los Estados Unidos —y por ende, día de múltiples desfiles y celebraciones callejeras—, un pendejo de 21 años, Robert Bobby Crimo, se subió a una azotea de Chicago y disparó no menos de 80 balas sobre la multitud indefensa. Durante los primeros segundos los disparos pasaron desapercibidos, porque los disimulaba el estruendo de los fuegos artificiales. Para eso usó un rifle semi-automático, Smith & Wesson M&P15, que compró legalmente a pesar de que había tenido cruces con la policía a cuenta de sus amenazas a terceros. (En otras ocasiones le habían secuestrado machetes, dieciséis dagas y una katana.) Sin embargo, el pibe pasó todos los controles legales y le vendieron la Smith & Wesson y un segundo rifle, con el que consideraba volver a atacar en otra parte. (Porque el pelotudo perdió el primero, cuando fugaba de la escena del crimen vestido de mujer.) Por fortuna, lo detuvieron antes.

Esta historia es horrible y a la vez puro deja vu. En lo que va del año, en los Estados Unidos ya hubo 337 masacres en público, a cuenta de lo cual murieron 387 personas y resultaron heridas más de 1.000.

Desde enero hasta aquí no han hecho más que multiplicarse: fueron 41 con el despuntar del año, 52 en marzo, 68 en junio — siempre hacia arriba, la curva. Lo cual promedia a grosso modo dos balaceras por día, que de seguir la cosa así, ascendiendo inflacionariamente, serán más a fin de año. Lejos de producir espanto nacional, esos incidentes generan acostumbramiento. Escribo estas líneas el jueves 7, cuando la masacre ya desapareció de la tapa del New York Times, salvo por un artículo de opinión. (El viernes 8 ya no estaba ni eso.) El desinterés no puede deberse a que lo ocurrido carece de aristas dignas de ser explotadas por los medios. Mirás la foto de Crimo y parece el personaje de una película de Tarantino o un cretino creado por Garth Ennis y dibujado por Steve Dillon, como el Arseface —Cara de Culo, literalmente— del comic llamado Preacher. Bobby Crimo apesta a nerd incapaz de matar una mosca, y sin embargo…

Robert «Bobby» Crimo…
…y el Arseface de Ennis/Dillon.

La historia que más me impresiona, de todos modos, es la de Aiden McCarthy. En medio de la balacera y la locura, una mujer percibió que algo se movía debajo de uno de los cadáveres desparramados en la calle. Era el pequeño Aiden, de dos años, a quien su padre Kevin había protegido con su propio cuerpo. A un costado yacía Irina, esposa de Kevin y madre de Aiden, también muerta. El pibito estaba bañado en sangre. La mujer lo agarró, lo levantó y casi de inmediato se lo encajó a otra persona: Greg Ring, que se había sumado a la festividad con su compañera y tres hijos. Este hombre quiso entregárselo a un policía —el nene señalaba en la dirección que habían dejado atrás, repitiendo: Mommy, Daddy, Mommy, Daddy—, pero los uniformados seguían pendientes del francotirador y le pidieron que cuidara del crío, hasta que la cosa se calmase. Entonces Ring se dirigió con la familia a casa de sus suegros, donde sentaron a su hijo de 4 junto a Aiden, a ver un show de Mickey Mouse. Lejos de tranquilizarse, el nene les pidió que le limpiasen la sangre de encima, «porque no era suya». Con el tiempo entenderá, presumo, que sí lo era.

Irina y Kevin McCarthy, los padres de Aiden.

Yo sé que tengo fama de hipersensible, pero ¿a ustedes no les parece que esta historia es de una demencia que supera todos los límites? Porque lo de Aiden es una tragedia en sí mismo —que sus connacionales ya trataron de tapar a su estilo, donando guita:

el pibe perdió a sus padres pero, ey: ¡ya dispone de dos palos verdes!

—, cuando la tragedia más grande es la social, aquello que hizo posible lo que ocurrió y seguirá haciendo posible, Corte mediante, que ocurran cosas cada vez peores.

Tal como está el asunto, es más probable que Aiden inspire una fantasía de venganza llamada Kill Bobby a que la nación se tome el tiempo de recogimiento que requiere pensar lo que hace falta, lo que desesperadamente necesitan, hasta descular qué mierda los lleva hoy a devorarse vivos a ritmo más y más desaforado.

Fin de la línea

La tentación sería pensar que esas cosas terribles ocurren en el norte y nada más. Pero ese norte es la cabeza del imperio, y cuando allá estornudan acá nos resfriamos. En Washington determinan qué debemos hacer y cómo y trabajan para ello, en on y en off: en on presionando política y económicamente, y en off dirigiendo y financiando operaciones sucias de las que participan cómplices locales pero también espías, como en las películas que tanto le gustan a Tarantino… y a nosotros también. El Indio sostiene que la caída en dominó de los gobiernos populistas del primer tramo del siglo en América Latina no puede ser vista sólo como consecuencia de los errores propios. Ahí hubo por detrás manos negras, negrísimas, que accionaron dejando por doquier las marcas de sus dedos. (Toda la trama que subyace al caso Nisman sigue apestando aún hoy, como una tumba saqueada.)

Hablo de cosas que todos sabemos, pero es posible que no hayamos digerido bien o metabolizado del todo. La semana pasada, editando a Miguel Fernández Pastor para El Cohete A La Luna, me quedé colgado de un párrafo que explicaba algo de lo cual yo era consciente, pero que su razonamiento mostraba bajo una luz nueva.

«Quizás lo más loco —decía Miguel— fue lo que nos ocurrió en 2014. Vivíamos en un país soñado con el salario más alto de América Latina, la mayor cobertura social de la historia, con una bajísima deuda externa, la Argentina era una fiesta, pero como Cristina hablaba mucho en cadena y le inventaron la fábula de la ‘chorra’, los argentinos tiramos todo por la borda y le abrimos el paso a Macri y su banda, que sí eran ‘chorros’ desde siempre. Por más que mentía a mansalva, todos sabíamos a qué venía, y casi no nos sorprendió que después de cuatro años dejara tierra arrasada y corrompiera todo lo que se le interpuso en el medio. Sin embargo, por acción, por omisión o por lo que fuera, no tuvimos fuerza suficiente para defender un gobierno nacional y popular en toda la extensión de esas palabras».

Mr. Blonde (Michael Madsen) torturando a un policía.

Hasta ahí Fernández Pastor, subrayando la «locura» de que hayamos dejado contaminar el discurso público al punto de convencer a muchos de que la situación era intolerable, de que así no se podía seguir. Cuando, comparada con los años que sobrevinieron, aquella Argentina suena hoy a La vie en rose: había temas económicos estructurales que resolver, pero por lo demás existía estabilidad, las empresas prosperaban, podías hacer planes y la gente que tenía trabajo en blanco no había caído, como hoy, por debajo del nivel de pobreza. Flor de lavada de mate hay que hacer para que laburantas y laburantes voten a un hijo de papá que no trabajó honestamente un solo día de su vida. Pavada de operación hay que hacer para persuadir a laburantas y laburantes de que un mafioso de oscura trayectoria, que vivió siempre de la teta del Estado y nunca pagó impuestos en regla, hablaba en serio cuando decía que no les sacaría nada de lo que tenían.

El know-how de estas campañas maquiavélicas, los fondos y los fierros para desarrollarlas y algunos de los agentes que aportan expertise no son, lo sabemos, 100% nacionales. Yo toco de oído en estos temas, pero hay que ser lelo para no ver las marcas que dejan los dedos negros de ciertos intereses, cuya dirección postal queda dentro de la región que triangulan Washington, Londres y Tel Aviv. Esa gente anda a los tumbos últimamente (bye, Boris, tu flequillo fue un adelantado: primero volaba él y ahora volaste vos), pero aún así sigue empujando la Historia grande en dirección regresiva, de forma que, aunque suene contradictorio, es criminal y suicida en simultáneo.

Me pregunto si quedaron entrampados por sus propias decisiones. Porque hubo un momento en el cual las corporaciones de Occidente eligieron colocarse por encima del Estado con sede en Washington, al cual debilitaron todo lo que consideraron necesario —lo convirtieron en un Estado bobo— para que no interfiriese con sus movimientos y se limitase a hacer el trabajo sucio por ellos. (Por ejemplo, a través de la expansión de la zona de influencia de la OTAN.) Pero ahora que lo necesitan desesperadamente, para que haga frente a la fuerza combinada de dos Estados centralizados y eficaces como Rusia y China, Washington no está en condiciones de actuar en forma coordinada y racional. Y encima consintieron que llegase a la Casa Blanca una criatura herbívora. Es como subir al ring a Putin y Xi Jinping y enfrentarlo a Jed Clampett, el patriarca de Los Beverly ricos. (No se hagan los jóvenes. Y si lo son, googléen. Hablando de rueditas extra de auxilio, Biden ha demostrado que las necesita — literalmente. El viernes dio un mensaje que pretendía contrarrestar el golpe de la Corte contra la causa de las mujeres, pero como seguía el texto en el Teleprompter leyó hasta las indicaciones que incluía: «Fin de la cita. Repita la frase». [End of quote. Repeat the line].)

Este es un momento delicadísimo de la historia humana, porque todos dependemos del modo en que los Estados Unidos y las corporaciones que determinan sus políticas se banquen un límite, o asimilen —o no asimilen— una pérdida sustancial de poder. Es preocupante porque exhiben a diario signos de estar confundidos, sin comprensión profunda respecto de las características de la batalla que tienen por delante.

Si no transitan el presente con comodidad, es porque la realidad decidió estrenar una película que nunca habían visto.

Todos tus muertos

Es en este sentido que vale ponderar al cine de Tarantino y a productos exitosos como Stranger Things no en términos artísticos, sino como síntomas. Lo que llamábamos Hollywood y hoy son las grandes plataformas de creación y difusión de contenidos —entre las cuales incluyo a las redes, ojo— siguen siendo insuperables en lo suyo. Los relatos que venden son siempre vistosos, entretenidos, relumbrantes. Pero hasta el momento la vertiginosa modernización tecnológica de la industria no ha sido acompañada por una evolución paralela en materia de contenidos. En consecuencia, casi todo lo que hacen son refritos de historias y géneros transitadísimos. La ficción endogámica —que sólo manipula ingredientes conocidos, de forma convencional— genera contenidos bobos. Siempre hay alguien que lo hace con gracia superior al resto, como Tarantino, pero en líneas generales se trata del menú de siempre, generado por cocinas subterráneas donde los cocineros indocumentados respiran aire viciado.

Y lo que se vive en las sociedades hegemónicas comienza a replicar ese esquema; al igual que los protagonistas de Reservoir Dogs, profesionales del crimen que se encuentran condicionados por los contenidos del cine que han visto desde que nacieron. Alguien que demora lo que Mr. White (Keitel) para que le salga bien el truquito que usa a la hora de encender su Zippo, no le está dando fuego a Mr. Pink (Steve Buscemi): está actuando sin saberlo. Algo que al rato pesca Mr. Blonde (Michael Madsen), cuando le dice a White: «Apuesto a que sos muy fan de Lee Marvin, ¿o no?»

En este mundo donde la tecnología hace que los relatos y los signos sean omnipresentes, todos actuamos sin darnos cuenta y hasta medimos nuestra vida contra parámetros de la ficción: cómo vestirnos, movernos, fumar, seducir, pelear. Un problema grande del imperio es que en un momento empezó a tomarse en serio su propia prensa, a creerse los contenidos que le habían servido para difundir e imponer su way of life. La disonancia que ocurre cuando convenciste al mundo de que tu sociedad es la mejor del mundo y la realidad insiste en que no es tan así, se torna peligrosa. En especial cuando disponés de las armas más jodidas que existen, con sólo chasquear los dedos. Porque aun cuando esa sociedad no te permita ser un héroe, su imaginario te habilita el premio consuelo de convertirte en Lee Harvey Oswald o Charles Manson, de jugar a ser Zeus desde la altura de una terraza y matar a destajo, a conveniente distancia.

El tema es que de repente empezó a circular esta película nueva, en la que Rusia guerrea mejor que ellos y en la que China resiste a sus presiones sin despeinarse ni levantar el tono. Y el motor de búsqueda de sus computadoras sigue sin encontrar película alguna que sugiera cómo enfrentar esta situación — no de forma pacífica o racional, insisto. Porque la salida a lo Doctor Insólito sí que la tienen clara. Sus fuerzas armadas están llenas de Bobby Crimos, de descendientes de Jed Clampett o del mayor T. J. Kong de la película de Kubrick, que en la eventualidad de un error humano estarían dispuestos a cabalgar a lomos de una bomba atómica como si fuese un caballo bronco.

«King» Kong en «Doctor Insólito» cabalgando la bomba hasta el Apocalipsis.

Biden no le ha sido útil ni al ala progresista de su partido ni a los halcones que existen en ambas organizaciones mayoritarias, Demócratas y Republicanos. Cuando el pueblo se canse de verlo sobreactuar espíritu belicista en favor de los intereses que lo pusieron allí —cuando ya nadie escuche su invitación a votar en las elecciones de medio término, con el espanto ante lo que viene como único aliciente—, lo que ocurra puede ser aún peor. Porque si concluyen que la cáscara democrática ya no les sirve, no sería extraño que las corporaciones diesen luz verde al primero que prometa transformar el Estado ineficiente en una tiranía a su servicio. Y todos sabemos que ya existen candidatos cuyo pitch ante los círculos rojos pasa por su voluntad de hacer lo que nadie intentó hacer antes que ellos — fast and furious, en términos del más predecible de los cines.

El presente es una cuerda floja que nos tiene pendientes de nuestros pies. Pero no hay que olvidarse de levantar la mirada, porque lo que ocurre más allá de nuestras fronteras puede llevarnos puestos con circo y todo. ¡Acaban de asesinar a un ex primer ministro en Japón y el mundo no pestañeó, siquiera! Por eso debemos ser mansos como palomas, pero astutos como serpientes. Así lo planteaba Jesús según el evangelista Mateo, cuando explicaba que nuestra situación equivalía a la de ovejas que se mueven entre lobos. No sea cosa de que nuestra afición a Netflix y a cierto tipo de relatos taquilleros nos lleve de las narices, e induzca al error de apegarnos de más a quienes no tienen que ofrecer otra cosa que destrucción. Desvincularnos paulatinamente de quien nunca quiso nuestro bienestar no sería traición: sería sensatez, nomás. La única lealtad a observar, como ciudadanos y por supuesto desde el Estado, es aquella debida al pueblo argentino.

Stanley Kubrick pertenecía a la generación anterior a la de Tarantino, que todavía no lo tenía todo servido y por eso creaba obras que no sabían a cosa recalentada. En Doctor Insólito (1964), película que deberíamos ver más seguido, sugirió tomarse más en serio la cuestión de las manos donde depositamos el poder. De otro modo, cruzaremos los umbrales del Infierno silbando un himno que no será el nuestro.

Tarantino debutó con Reservoir Dogs, que mucho le debe a una de las primeras películas de Kubrick, The Killing (1956). A partir de entonces desarrolló una obra muy interesante en sus propios términos, que entre otras cosas anticipó —involuntariamente, estoy seguro— el cul-de-sac donde se han metido la política y la cultura de los Estados Unidos. (No dije ninguna guarangada, che. Cul-de-sac quiere decir callejón sin salida.)

En sus últimas películas, lidia con la realidad del mismo modo en que lo están haciendo quienes conducen su nación desde las sombras: negando lo que pasó y por ende lo que pasa, reescribiendo la verdad y metiéndola a golpes en el molde de sus fantasías. Más sincero fue su primer film, en el cual, como en el poema de Cohen que se llama Los asesinos (The Killers), terminan todos muertos.

FUENTE: El Cohete a la Luna

Habla la creadora de Changuita Films, un exitoso canal de cine argentino en YouTube

Martina Sottile: «Es un buscador de películas, no una plataforma»

«Chacabuco», el largometraje producido por Sottile como tesis académica, acumula 14 millones de vistas, mientras que otros títulos de directores como Rosendo Ruiz, Federico Godfrid y Mercedes Laborde, están por arriba de los dos millones.

La Argentina, se sabe, es una de las principales usinas audiovisuales de la región, con un promedio de 200 largometrajes anuales hasta el parate generado por la pandemia. Una porción importante, luego de recorrer festivales y exhibirse en salas, desembarca en la plataforma Cine.ar, mientras que otro puñadito encuentra un lugar en alguno de los sitios internacionales de streaming que operan en el país. ¿Qué ocurre con el resto? Quedan libradas a la buena de Dios: subidas a internet por sus hacedores en algunos casos, guardadas en un cajón a la espera del llamado salvador del señor Netflix en otros, inaccesibles para el espectador en casi todos. “No hay forma de que una película llegue a su público si no está en ningún lado”, razona la productora Martina Sottile, quien, en 2019, frente a la certeza de que el problema nodal del cine argentino radica en la ausencia de políticas virtuosas en materia de distribución y exhibición, creó el canal de YouTube Changuita Films, al que define como “un buscador de películas” y que actualmente agrupa alrededor de 40 títulos nacionales sin espacio en el ecosistema digital formal.

La viralización de algunos de ellos validan una vez más aquello de que la unión hace la fuerza. Chacabuco, el largometraje realizado por Sottile como tesis académica, acumula ¡14 millones! de vistas, mientras que Maturita, del sanjuanino radicado en córdoba Rosendo Ruiz; La Tigra, Chaco, notable ópera prima de Federico Godfrid y Juan Sasiaín, y El año del León, de Mercedes Laborde, están por arriba de los dos millones. Más atrás se ubican Igual si llueve, de Fernando Gatti, con 1,4 millones, y Tres D, también de Ruiz, con 940 mil. Estas cifras permiten monetizar los contenidos y, por ende, que los productores o directores reciban algunos billetes. Con más de 54 mil suscriptores, el canal alberga, entre otras, a Buscando a Reynols, un par de películas de Mauro Andrizzi (Una novia de Shanghai, Cairo Affaire) y de Baltazar Tokman (Buscando a Myu, I Am Mad), además de varias del llamado Nuevo Cine Cordobés, con la muy buena Casa propia como mascarón de proa.

El origen de Changuita se ubica en 2019, cuando Sottile trabajaba en una productora que hacía videos para “Leoncito Alado”, un canal infantil de YouTube con dos millones de suscriptores. “Como estaba a cargo de producir esos videos, empecé a meterme en ese universo y a interesarme por la cantidad de vistas y el alcance que tenían en YouTube. Después de varios cursos, probé subiendo Chacabuco y en un mes superó el millón de vistas. O sea, tenía un canal sin nombre, pero con una película que se había viralizado”, recuerda la productora ante Página/12.

Y sigue: “Ese mismo año fui a dos charlas del mercado Ventana Sur. Una fue con el creador de “El reino infantil”, uno de los canales de animación más visto del mundo, donde éramos 15 personas escuchando. La otra era de un abogado español que hablaba de las coproducciones entre Argentina y España. La sala estaba llena, con muchos productores y directores llevando sus carpetas para ver cómo podían participar. Después de ver eso, armé el canal y empecé a llamar a directores amigos para que se sumaran, mientras Chacabuco seguía creciendo”.

Chacabuco

-El canal surgió en un contexto en el que muchos directores eran reticentes a la idea de que sus películas se vean en condiciones que no sean las ideales, es decir, en una sala de cine.

-La palabra YouTube no está bien vista por muchos. Pero cuando les cuento el proyecto a aquellos directores que tienen como fin principal que sus películas se vean y lleguen a todo el mundo, entienden que YouTube es el lugar. Yo pienso a Changuita como un buscador de películas, no como una plataforma. Más allá de las que todos conocemos, hay muchísimas muy pequeñas que no tienen alcance. Y si tienen, no es el que puede tener YouTube, el segundo buscador más grande del mundo. Entiendo que liberar una película en YouTube implica resignar una posible venta. Por eso no tenemos exclusividad ni una ventana determinada: si alguien la sube y a los dos meses la vende, yo estoy feliz: la doy de baja y listo. El tema es el «mientras tanto».

-¿Qué tiene que pasar para que una película monetice en YouTube?

-Para que un canal monetice, como pasa con Changuita, es necesario tener una determinada cantidad de suscriptores y de tiempo de visionado en el lapso de un año. Recién ahí pasás a ser apto para monetizar, por lo que, si alguien sube algo a su canal, al principio no puede obtener dinero. En nuestro caso, aunque una película no se viralice, el resto de los títulos ayuda a que pueda monetizar. Por otro lado, hay que cumplir con algunos lineamientos del sitio vinculados con los derechos de autor (música, imágenes de archivo y demás) para que, en caso de que salte alguna infracción, podamos impugnarla. Se puede subir una película para mayores de 18 años, pero la monetización pasa a ser muy limitada. Pero el fin del canal no es monetizar (de hecho, muchas películas no lo hacen), sino que puedan verse.

-¿Cómo es el arreglo con los productores en caso de que la película obtenga dinero?

-Firmamos un contrato de acuerdo entre las partes. En el caso de que monetice y eventualmente se viralice, establecemos que si supera los cien dólares, un mínimo que tenga sentido distribuir, repartimos el 50 por ciento con el director o productor y el otro se le queda el canal para el mantenimiento.

-¿Buscan algún perfil artístico particular?

-Que sean largos o cortos de ficción o documental, porque por ahora no estamos sumando series, aunque tratamos de ser colaborativos. Por ejemplo, si hay una serie animada que tiene un canal propio, armamos una playlist para dirigir al usuario ahí. También miramos que cumpla con los lineamientos para no perjudicar al resto de las películas del canal. Y es importante que tengan subtítulos en inglés para ampliar el alcance internacional. Lo que no subimos son ejercicios de facultad ni cosas por estilo, porque queremos que tengan una mínima calidad técnica.

La Tigra, Chaco

-El sitio Cine.ar tuvo un crecimiento notable durante la pandemia. ¿Empieza a haber una conciencia más generalizada de la exhibición digital como una alternativa posible?

-Hay un cambio de paradigma en el mundo audiovisual al que tenés que adaptarte. Es ahí donde entran las plataformas. Lo que me parece genial de Cine.ar es que conviven películas salidas del Incaa con otras independientes realizadas por fuera del Instituto. Es una movida muy grande para que el cine argentino se vea, pero no tiene alcance mundial, cosa que sí tiene un canal de YouTube.

-Da la sensación de que después de terminar el corte final, empieza un trabajo vinculado a la distribución y exhibición que requiere mucho esfuerzo e ingenio.

-Uno de los principales problemas que tenemos como productores es que empezamos a pensar todo eso cuando terminamos la película y no cuando empezamos a diseñarla. ¿Dónde voy a querer mostrarla? ¿Cuál es el público? Esto es importante no solo en términos estratégicos sino también económicos, porque para eso es necesario organizar el presupuesto teniendo en cuenta la etapa de exhibición. Antes no teníamos las posibilidades de hoy a la hora de pensar dónde puede verse y cómo financiar una película. Entiendo que se apunta a Netflix y esas plataformas porque pagan mucho, pero somos miles yendo hacia el mismo lugar.

-¿Cuál es el norte de Changuita, a qué aspiran?

-Actualmente tenemos casi todas películas argentinas, pero apuntamos al cine iberoamericano en general: es increíble la cantidad de producciones, sobre todo latinoamericanas, que no están en ningún lado. Lo que apunto de acá a diez años es que Changuita pueda ser un buscador de películas iberoamericanas y que eventualmente el director pueda tener un ingreso no solo por publicidad o por cantidad de vistas, sino porque algún privado, ya sea una productora o alguna plataforma, se interese por esa película o por financiar próximos proyectos. Al estar unificadas en un canal, las películas pueden tener un alcance mucho mayor al que tienen solas. Y lo digo por experiencia. Hace un tiempo vi una película que tenía cinco mil vistas, le dije al director de sumarse y al mes de haberla subido a Changuita había pasado el millón.

FUENTE: Página 12

Se estrena «Nido», un documental sobre el desastre provocado por Colony Park narrado por los isleños

El desastre medioambiental en el Delta y la expulsión de los isleños provocados por el proyecto inmobiliario conocido como Colony Park, que finalmente fue frenado por la Justicia, son los temas que aborda «Nido», el documental de Miguel Baratta que este jueves se estrena en el Complejo Gaumont.

El relato recoge el testimonio de los pobladores que resistieron la expulsión de las tierras que ocupan desde siempre. «Muchos isleños debieron irse a vivir al continente porque no tenían donde quedarse tras perder su vivienda y sin la posibilidad de sustento», describe Baratta en comunicación con Télam.

La película ubica a un fotógrafo (Nazareno Russo) que llega al Delta a hacer una serie de retratos sobre los isleños y, poco a poco, se va interiorizando sobre la lucha que llevaron adelante contra un megaemprendimiento que comprendía lujosos countries.

«No es verdad que pensar en el progreso de ese espacio sea necesariamente ejecutar su destrucción, todo lo contrario», afirma el director ante el cuestionable dilema entre desarrollo y cuidado del medio ambiente.

-¿Qué fue lo que más te impactó al tomar contacto con los pobladores del Delta y ver en el lugar las consecuencias del avance de los emprendimientos inmobiliarios?

-Particularmente el lado humano de todo el conflicto. El hecho de que les hayan tirado las casas abajo, les hayan robado las herramientas de trabajo, los hayan despojado de todas sus pertenencias. Esas heridas son muy profundas y traen consecuencias tremendas, muchos isleños debieron irse a vivir al continente porque no tenían donde quedarse tras perder su vivienda y sin la posibilidad de sustento que los dejó a la deriva con sus familias.

-¿Cómo decidiste la puesta, con un observador que es a la vez fotógrafo, que además de recoger el testimonio de los isleños va retratando la belleza del lugar?

-La idea de la puesta de cámara es acompañar al protagonista de la película en su investigación y exploración. Desde allí, la cámara es más observadora que narradora, es más lo que descubre que lo que muestra.

-La película habla de un pasado en donde los isleños vivían en armonía con la naturaleza pero también en condiciones de pobreza extrema. ¿Hay un punto intermedio en donde se pueda conciliar el progreso, el cuidado del medio ambiente y la mejor calidad de vida?

-Sin ser un especialista en el tema me atrevo a decir que sí, pero, por supuesto, depende de la voluntad política. Los isleños viven allí en armonía con el lugar, cuidándolo y protegiéndolo, algunos en condiciones más humildes que otros, pero no es verdad que pensar en el progreso de ese espacio sea necesariamente ejecutar su destrucción, todo lo contrario. ¿Qué es el progreso? Ante esa pregunta se abren muchas aristas de una discusión profunda, que no es llevarse todo por delante en pos de un rédito económico, sin respetar a la flora, la fauna, el curso de los ríos, los hábitos y costumbres de la población ancestral y sus medios de vida. Hay una salida, hay una posibilidad, pero es de la mano de los pobladores y respetando la naturaleza.

-¿En el algún momento pensaste en incluir la voz de las empresas denunciadas por los lugareños y de las autoridades del gobierno?

-Sí, por supuesto, pero sinceramente lo descarté rápidamente. Creo que la película se para en un lugar político tan determinante que no le hace falta oír lo que esa voz tiene para decir. Ya todos la escuchamos mil veces en tantísimos proyectos de similares características y no traen nada nuevo. Se repite siempre el mismo patrón de mentiras y argumentos falsos.

-¿Cómo te afecta personalmente el conflicto siendo oriundo de Tigre?

-Conozco la problemática desde sus inicios a raíz de las actividades de los isleños que se manifestaban para darle visibilidad al conflicto. Desde ese momento me llamó la atención el universo del Delta, ese territorio cercano pero a la vez desconocido y de alguna manera extraño. En mi infancia crecí a unas pocas cuadras del Río Reconquista, me bañé allí muchas veces con mis amigos luego de jugar al futbol en el campito y hoy ese espacio ya no existe porque la gente lo tuvo que habitar tras los desalojos que hubo en la zona hace muchos años con la instalación del Tren de la Costa, y el río en el que nos bañábamos tampoco, es un canal de desechos químicos, un espejo negro. El deterioro de la naturaleza en esa zona es catastrófico y está a la vista de cualquiera. Haber encontrado la posibilidad de narrar este conflicto me abrió las puertas para también defender de alguna manera la tierra de mi infancia. Allí es donde me anclé para encontrar mi propia motivación para hacer esta película.

-¿Creés que la película va a ayudar a tomar conciencia sobre la preservación de los humedales?

-La película se propone, de alguna manera, ser un granito de arena más. Por supuesto que es una acción muy pequeña en el marco de gran lucha que vienen dando personas, vecinos, agrupaciones, colectivos y cooperativas. Lo que sí me gustaría es que esas agrupaciones sepan que la película está acá, disponible, para acompañar cualquier actividad que gire en torno a la defensa del humedal y la resistencia contra cualquier emprendimiento de impacto ambiental. Poco a poco, con la difusión de la película se va conformando una red muy enriquecedora en la que nos sentimos muy a gusto y a la que queremos brindarnos, poniendo a «Nido» a disposición para que estos temas se difundan y las voces de los isleños sean escuchadas en todos los lugares que se pueda.

FUENTE: tigrealdia.com.ar

Cinco documentales para tomar conciencia de los múltiples caminos que nos conducen a un abismo ambiental

El cine tiene una presencia clara en la lucha por conservar la sustentabilidad del planeta. A continuación, una selección con algunas de las producciones más movilizantes.

Un mundo azul: la carrera para resolver la crisis del agua (2019)

Dirigido por Tim Neeves y Alexander Whittle es una semblanza de la crisis hídrica a nivel mundial -en la que se pueden encontrar lazos con la lucha chubutense por conservar el agua para consumo humano-, pero también un recorrido por experiencias de las que se tiene poca información. Se trata de los diversos modos a través de los cuales diversas poblaciones de distintos puntos del planeta ante la “crisis del agua”, encontraron una solución. En este caso en Naivasha (Kenia), Chicago (Estados Unidos), Andalucía (España), Copenhague (Dinamarca), Tirupur (India), Leeuwarden (Países Bajos). No definitiva, acaso, pero sí capaces de poner en perspectiva un asunto de tanta complejidad como el mismísimo funcionamiento del planeta: el filme indaga sobre problemas que exceden la contaminación y hablan de infraestructura y de diseño de ciudades y poblaciones que también traen muchos problemas.

Disponible por suscripción en Netflix, y gratuitamente en YouTube con subtítulos en inglés.

Planeta plastic (2009)

A partir de un tema personal, el director Werner Boote descubre que prácticamente nuestro mundo está hecho de plástico: desde chupetes de bebé hasta partes de autos, pasando por las infaltables botellitas y las bolsas de residuos, el plástico es casi parte constitutiva de nuestras vidas. Y por supuesto que no es gratis. Este elemento que se ha vuelto omnipresente, tiene efectos sobre la salud directamente o a través de los ecosistemas; de hecho recientemente se ha descubierto que hasta las especies de peces para la ingesta humana tienen residuos de plástico. Nieto de un pionero de la industria, o sea que conoce la historia desde chiquito, Boote dedicó diez años a investigar cómo este derivado del petróleo destruye el mundo. Y propone un panorama desolador, aunque visto el tiempo que ha pasado desde su realización (y que aún no hemos colapsado) permite la esperanza de que sea reversible.

Disponible gratuitamente en YouTube.

Taranto (2019)

Una visión argentina para un problema mundial. Antes que una película ambientalista, se trata de una sobre el gran dilema que provoca la actual situación ecológica del planeta en un mundo que se mueve por un solo modo de producción: el capitalismo. Y el capitalismo, como cualquier especialista y no tanto se cansa de decirlo, es un sistema que sólo funciona si crece permanentemente. Taranto apunta a ese dilema resumido en el testimonio de uno de los trabajadores de la compañía contaminante: o nos morimos de cáncer o nos morimos de hambre. Víctor Cruz expone a la fábrica ILVA, ubicada en la Puglia, la región que da forma al taco de la bota italiana, cuya capital es Bari. La empresa fue encontrada responsable de desastre ambiental según el fallo del Tribunal de lo Penal de la Región, con penas máximas de 22 años a propietarios de la antigua fábrica (hoy parte del gigante Arcelor Mittal, que sigue recibiendo acusaciones de contaminación) como también de funcionarios políticos, imprescindibles para que la empresa concretara sus estropicios con muertes de adultos, niños y bebés nacidos muertos.

Disponible gratuitamente en https://m.facebook.com/SomosContar/videos/taranto/3049304132014548/

We Want Clean Water (2013)

Este mediometraje documental arranca con una canilla bajo candado. Y no, no se trata de la última de Mad Max, la lucha por el agua es ya una realidad en el planeta, aunque no tenga prensa (o a esas luchas se le hagan mala prensa). En este recorrido que intenta mostrar cuán interconectado está el planeta, esta pequeña historia que tiene su disparador en la pregunta «¿Por qué es importante el agua en nuestras vidas?», intenta reflejar el cotidiano de la población senegalesa de diferentes generaciones, etnias y clases sociales. Y pese a que por momentos tiene un tono etnocéntrico (está financiado por la Unesco), permite una mirada, desde la costa de Dakar en el Océano Atlántico hasta los pueblos más tribales y aislados, sobre la vida humana a la que dio lugar posible el río Senegal, cuya contaminación hoy la pone en peligro.

Demain (Mañana, 2015)

Una esperanzadora para el final, que después de todo el homo sapiens ha llegado a la Luna, y algo de crédito habría que darle. Se trata de una película narrada por una mujer que en pleno embarazo alguien le cuenta cómo será el mundo cuando el futuro ser que tiene en su vientre sea joven. Movidas por el milagro de la vida, el hecho más insólito de la existencia de la vida orgánica, como nos enseñó Hanna Arendt, Cyril Dion y Mélanie Laurent en compañía de un equipo de cuatro personas emprenden un viaje a 10 países del mundo para encontrar a gente de distinto tipo, etnia, edad y clase que busca -a veces desesperadamente- diferentes formas de enfrentar y resolver la crisis ecológica, económica y social que, precisamente, produce la situación ambiental. Y sucede todo un descubrimiento, ya que son más de los imaginados los personajes y proyectos que emprenden para encontrarle una vuelta a una situación dramática..

Disponible gratuitamente en https://archive.org/details/Manana-C.Dyon_M.Laurent.

FUENTE: Tiempo Argentino

A 40 años del estreno de “Tiempo de revancha”

Una historia que desafío al silencio y elude el paso del tiempo

El que había apostado al dólar ya había ganado muchísimo dinero pese a las advertencias del ministro de economía del dictador Roberto Viola, Lorenzo Sigaut; el tejido social y productivo que había hecho de la Argentina el país más igualitario de América Latina, devastado; los primeros asentamientos que miserias posteriores harían permanentes aparecían en Quilmes (los countries ya lo habían hecho en el conurbano gracias a nuevas normativas de la dictadura); Diego Maradona aún patrimonio nacional; las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo más locas que nunca; las fuerzas políticas en la Multipartidaria, pero aún sin saber que las urnas estaban bien guardadas (se los diría Leopoldo Galtieri a fin de año).

Ese país de hace 40 años recibió Tiempo de revancha, el fabuloso film de Adolfo Aristarain que batiría récords con más de 22 semanas en cartel: por primera vez era expuesto el país que los socios civiles de la dictadura querían ocultar.

Aristarain le contaba a la Argentina toda a través de su historia, que una parte importante de la sociedad había aceptado responder “por algo será” a cada detención desaparición a cambio de sus primeros viajes y compras en Miami; por gorilismo puro y duro; porque la reestructuración económico social que estaba llevando adelante la dictadura le sacaba de encima la competencia de la chusma, sea ésta por ascenso social, sea porque cuestionaba sus valores supremacistas. A esos nuevos agentes sociales de los que aún la ciencia social no daba cuenta, Aristarain dirigía toda su indignada destreza cinematográfica.

Pedro Bengoa (de lo mejor de Federico Luppi) es un ex delegado sindical que “limpia” su pasado a fin de conseguir un nuevo trabajo. En la Patagonia consigue un puesto como dinamitero en una mina propiedad de Tulsaco, una empresa (según descubre en breve) que se hizo grande al calor de la dictadura: allí se reencuentra con Bruno Di Toro (Ulises Dumont; dos de los héroes de La Patagonia rebelde que la reconfiguración iniciada en 1976 dejó de este lado de la grieta), viejo compañero de luchas obreras, con el que arma un plan para estafar a la empresa: simular un accidente que les permita reclamar jugosas indemnizaciones.

A ese momento de su trayectoria, Aristarain (de origen vasco como Bengoa) tenía un contrato con Aries, una gran productora de cine (aún primaba en el país el modelo de los grandes estudios de Hollywood de mediados de siglo, en el que desde el primer al último eslabón que hacían a una película tenían relación de dependencia), para la que había dirigido en 1980 La playa del amor y La discoteca del amor (¿una manera de “limpiar” su debut cinematográfico hecho por fuera de la industria, el ríspido y crítico La parte del león (1978)?).

Dos películas comercialmente exitosas, de las que nunca renegó y que le garantizaban hacer una tercera a piacere, que nada casualmente llamó Tiempo de revancha; cualquier similitud de Tulsaco con lo que en democracia ya a la luz del debate público se llamarían Capitanes de la Industria/ Nuevos Grupos Económicos/ Los dueños de la Argentina, tampoco es ninguna coincidencia.

En la estafa algo sale mal (¿un karma de los trabajadores argentinos?), Di Toro muere y Bengoa queda solo con su estafa. En las negociaciones con la empresa (que también son apriete, pero no de los dueños verdaderos, sino de “emisarios”, como se autocalifican, en un anticipo de lo que será la figura del CEO), Bengoa decide que no aceptará dinero alguno por la mudez (simulada) que le había dejado el accidente y por el que demandaba a Tulsaco. Su abogado se desespera y lo deja solo. Bengoa sigue sufriendo amenazas; se corta la lengua: ningún dolor que le infligieran lo haría accionar contra sus propios intereses.

Una película que brama de furia, callando: como parte del sector social menos crítico al accionar represor de la dictadura para configurar un nuevo mapa de inequidad e injusticia, Aristarain le mostraba en la cara que pese a todo el miedo que se podía aducir siempre hay espacio para un acto de dignidad. Dignidad que ellos como colectivo social no habían sabido tener, y los trabajadores organizados que la venidera historia social despreciaría, sí.

Ante esos civiles que pretenden inculcar a las nuevas generaciones que no valen abogados ni testigos porque los inocentes son los culpables, Aristarain se planta con una película que vuelve a hacer sentir la satisfacción moral de un acto de libertad.

Tiempo de revancha

Estrenada el 30 de julio de 1981. Dirección y guion: Adolfo Aristarain. Con: Federico Luppi, Haydée Padilla, Julio De Grazia, Ulises Dumont, Joffre Soares, Aldo Barbero, Enrique Liporace, Arturo Maly, Rodolfo Ranni, Jorge Hacker, Alberto Benegas.

FUENTE: Tiempo Argentino

Por: Belauza

Valeria Bertuccelli: «Hay que tener más presente a la muerte, pese a que nos cueste»

La actriz es la protagonista del drama «El cuaderno de Tomy», de Carlos Sorín, basada en una historia real y ya disponible en la plataforma de Netflix.

Valeria Bertucelli con Esteban Lamothe

Valeria Bertuccelli, quien interpreta a una mujer con cáncer terminal en la película basada en una historia real «El cuaderno de Tomy», dirigida por Carlos Sorín y ya disponible en la plataforma de Netflix, dijo que esperaba que el filme deje como mensaje que «hay que tener más presente a la muerte, pese a que nos cueste».

«Nuestra cultura está muy acostumbrada a contactar con la muerte solo cuando alguien cercano se muere y después pareciera que la vida te lleva arrastrado por lo cotidiano», se explayó la actriz, guionista y directora en charla con Télam.

La cinta está inspirada en la historia real de María «Marie» Vázquez, una arquitecta, dibujante y bloguera argentina que en 2014 recibió la noticia de que tenía una enfermedad terminal y decidió enfrentar sus últimos meses a su manera: con emoción y el ácido humor sarcástico que la caracterizaba.

Ya internada en el sanatorio y sin expectativas por recuperarse, Marie trascendió públicamente por el estilo único de sus reflexiones y el relato de sus experiencias a través de Twitter.

La María Vázquez real falleció en 2015, y dejó un cuaderno que escribió e ilustró para su pequeño hijo, que luego se publicaría con éxito de ventas como «El cuaderno de Nippur» y que sería el puntapié de la película.

La muerte, la dignidad, la eutanasia y lo realmente importante de la vida son los temas de una película emotiva de principio a fin, pero que el realizador de «Historias mínimas» (2002) supo comandar lejos de los golpes de efecto y la lástima.

Como actriz es una película en la que era imposible no disponer del cuerpo y del espíritu absolutamente.

Valeria Bertuccelli

Acompañada en pantalla por Esteban Lamothe, Mauricio Dayub, Malena Pichot, Diego Reinhold, Julián Sorín, Ana Katz, y Diego Gentile, entre otros, la autora y protagonista de «La reina del miedo» (2018) encarnó al personaje acaso más comprometido tanto en lo emocional como en lo físico de su carrera.

Télam: La película propone al espectador ponerse en contacto con lo emocional, con la angustia, desde el inicio. ¿Fue igual de emotiva rodarla?

Valeria Bertuccelli: Fue increíble hacerla, fue un viaje. Pocas veces filmar una película va acompañado de algo espiritual tan fuerte. Me sentí todo el tiempo muy acompañada por la idea que María tenía sobre la vida y sobre la muerte. Es muy obvio decirlo, pero realmente estar dispuesta a atravesar esta peli me enseñó mucho.

Como actriz es una película en la que era imposible no disponer del cuerpo y del espíritu absolutamente. Todos fuimos muy capturados por ese espíritu que tenía ella, que era como una especie de «monstrua» del drama y de las risas a la par, es una especie de «punk amoroso», porque todo el tiempo son cosas muy extremas, muy dramáticas y no suelta nunca esa mirada con la que yo me siento muy identificada.

T: Es una trama en la que hubiera resultado muy fácil caer en el golpe bajo, y sin embargo viaja permanentemente en el filo del drama y el humor. ¿Cómo trabajaron ese punto?

VB: Básicamente Carlos (Sorín) es un maestro de eso, estaba muy atento a nunca caer en el golpe bajo. Teníamos mucho esa consigna, no ir hacia ese lugar, y la verdad es que lo llevó muy bien.

El filme está inspirado en una historia real
T: ¿Cuánto ayudó la transformación física que hiciste para meterte en la piel de Marie?

VB: Un montón. Por un lado bajé muchos kilos; soy flaca pero fui a un nutricionista y empecé unos cuantos meses antes para bajar muy de a poco y sobre el final más todavía. Fui guiada por un nutricionista, por mi médico clínico y por el mismo médico de Marie, que me iba siguiendo paso a paso. Con él no solo fue lo físico, sino lo mental y espiritual, porque me ayudó a entender por dónde iba la cabeza de Marie, esa aceptación que ella tenía y que la ayudaba a ir con la ola en vez de resistirla y golpearse. Además estuvo el momento de raparme, que fue como el toque último para sentir que estaba aterrizando.

También hablé un par de veces con Sebastián, el marido de Marie, y me vi y hablé mucho con Vanessa, que es su mejor amiga.

T: ¿Y cómo fue desprenderte de este personaje tan fuerte una vez que se terminó el rodaje?

VB: Fue de a poco. Siempre siento que es un poco exagerada aquella frase de los actores de «ponerse la camiseta del personaje»; sentía que yo entraba y salía más fácil. Pero es verdad que esta fue la primera vez que fue un degradé lento, quizás porque quedé en un estado que duró mucho tiempo; más flaca, pelada. Vino el verano, las fiestas, y yo todavía me sentía conectada, y no porque hubiera quedado triste, sino que me había quedado impregnada de su mirada.

T: La película aborda la cuestión de la dignidad en la muerte, la eutanasia y el deseo de un paciente de poder decidir. ¿Por qué creés que es un tema tabú?

VB: Como todos los temas creo que merece ser tratado y escuchado. Yo creo que cada persona tiene derecho a decidir sobre su propio cuerpo en todas las instancias, y es un tema tabú porque la muerte es tabú. Nos acordamos de la muerte solo cuando estamos alrededor de ella. Creo que se trata de que hay que tener más presente a la muerte, pese a que nos cueste.

La actriz se comprometió físicamente
T: ¿Qué imaginás que va a generar en el público?

VB: Lo más lindo sería que ayude a disfrutar más de la vida. Leés el cuaderno de Marie y las cosas que le dice a su hijo eran muy adelantadas; le habla de la educación, de la escuela, de la importancia de ser uno mismo más allá de los resultados. Si todo eso resuena en la cabeza de algún modo, se podría bajar un poco la noción de lo que se supone que es ser exitoso o triunfar.

T: ¿Cómo conecta el estreno con este momento de la humanidad? ¿Es un buen «timing» para estrenar con tantas personas preocupadas por la pandemia?

VB: Creo que debemos haber pensado todos los que estábamos en la peli: «Uy, se va a estrenar en este momento, en el que la muerte y las despedidas están tan presentes». Y creo que es un buen momento, no solo para hacer catarsis sino para pensar de qué modo estamos viviendo. No me asusta el momento para la película, nunca hay un momento ideal para la verdad.

FUENTE: Télam

«Proyecto Patagonia», conflictos e intereses en la formación de reservas naturales

Juan Dickinson retrata la intención de una fundación por crear un parque binacional con Chile, en Santa Cruz, para preservar el ecosistema, al que se oponen sus pobladores.

Santa Cruz, paisaje en disputa

«Proyecto Patagonia», de Juan Dickinson, retrata la intención de la fundación Rewilding Argentina de crear un parque binacional con Chile, en Santa Cruz, para preservar el ecosistema, pero que encuentra la oposición de los pobladores, quienes los acusan de tener otros intereses y de buscar expulsarlos del lugar, filme que se puede ver en Cine.ar este jueves a las 20 y, gratis, a partir del viernes, en Cine.ar Play.

«Tratamos de no tomar posición porque hay una aparente polémica en los trabajos de las fundaciones. Ellos tienen ciertas críticas respecto al tratamiento tradicional que ha tenido el medio ambiente en la zona», dijo Dickinson a Télam.

El filme está bien nivelado. Con entrevistas por igual a ambos lados de la contienda, el realizador de «Perros del fin del mundo» hace una radiografía de cómo los conflictos y los intereses, por más bienintencionados que sean, pueden poner en peligro cosas tan necesarias e importantes como la preservación del medio ambiente, ante una crisis climática que se encuentra al borde del punto de no retorno y que llevaría a la Tierra a ser un planeta prácticamente inhabitable para la especie humana.

«Nosotros, si bien pensamos que estas posturas son interesantes, porque hay problemas en el medio ambiente, no pensamos que sea así en la actividad de los habitantes de esta zona. Ellos han cuidado el medio ambiente. De hecho, siguen estando las especies tradicionales de animales y vegetales. El tema es complejo y todos los actores tienen que ponerse de acuerdo», señaló.

El proyecto nace cuando el multimillonario estadounidense Douglas Tompkins tuvo la epifanía de crear una reserva binacional entre Chile y Argentina en la estepa patagónica. Luego de su muerte, la familia donó tierras y dinero para poder crear este gran parque, cuya génesis encontró la aprobación de los habitantes locales.

Sin embargo, tras un buen comienzo y diálogo de ambas partes, pronto los locales comenzaron a sentir resquemor y notar cierto mal trato para con ellos. Como ejemplo, la Fundación Rewilding (ex Flora y Fauna) reintrodujo especies autóctonas como el puma, que comenzó a comerse las ovejas de los productores. Además, empezó a prohibirle a los mapuches de la zona que recojan las plantas para sus medicinas ancestrales.

Así, lo que en un comienzo empezó como una convivencia en armonía en pro del bien común, se convirtió en una batalla política que involucró hasta al exjefe de Gabinete Marcos Peña.

«En el Gobierno anterior hubo apoyo a una declaración para pre aprobar la reserva, sin que ésta se haya constituido en los hechos. Todo esto genera una especie de pelea que se produce porque las partes quieren defender sus intereses de corto plazo, mientras que todos deberían estar pensando en proteger a largo plazo», dijo Dickinson.

Por un lado, los ambientalistas acusan a los habitantes de haber introducido especies foráneas y de realizar actividades nocivas para el ecosistema, como el sobrepastoreo, mientras que los locales los acusan de tener negocios inmobiliarios y no respetar sus costumbres.

Yo diría que viendo el accionar de las fundaciones se podría decir que hay algo que no está del todo bien.

Juan Dickinson

«Aunque hay técnicos que nos cuentan que ha habido sobrepastoreo, esto ya está controlado y no tiene un impacto desfavorable, como tampoco el ganado bovino. Las prácticas ecológicas de la región no son conducentes a un deterioro. Las tierras que compran están en muy buen estado de conservación», señaló.

Télam: ¿Cuánto puede tener de cierto el que habla de «cultura y tradición» si esa misma «cultura» puede ser la que llevó al colapso climático en el que vivimos?

Juan Dickinson: No hay duda de que el medio ambiente está crisis y de que este tipo de iniciativas tiene cosas que son recomendables, es un esfuerzo por devolver las cosas a un estado anterior. Es un esfuerzo interesante y lo que no nos parece es presentar este tipo de iniciativa como un conflicto. Lo que vemos es que las cosas se hacen de tal manera que suscita conflicto entre la gente que vive y conoce muy bien el lugar. Los que quieren llevar el medio ambiente a un final feliz y mejor, deben tomar la experiencia de los que viven en la zona.

Dos versiones de una misma cuestión ecológica

Dos versiones de una misma cuestión ecológicaT: Los pobladores, en tanto, huelen que hay algún negocio espurio detrás.

JD: Es verdad que vemos que algunos habitantes de esta zona sienten que las actividades de las fundaciones son un poco raras, que hay algo que no está bien. Yo diría que viendo el accionar de las fundaciones se podría decir que hay algo que no está del todo bien. Hay reservas que se han completado (como Monte León, en la costa de Santa Cruz) y los resultados no son buenos. Es un parque inoperante, no va nadie, está cerrado frecuentemente, sin instalaciones apropiadas y no genera turismo. Da lugar a esta pregunta de cuál es el objetivo real. Yo, personalmente, pienso que no hay malas intenciones.

T: Por otro lado, ¿qué atractivo hay en estas zonas alejadas y casi inhóspitas para que filmes, como en «Perros de fin del mundo»?

JD: El atractivo es evidente. Son zonas impagables, que existen en muy pocos lugares del mundo y excepcionales en cuanto a la gente y la naturaleza. Para todo el equipo filmar allá fue una experiencia increíble, con cosas nuevas todos los días. Fue muy duro filmar, pero nos ha dado muchas recompensas y cosas que ya son parte de algo vivido que es irreemplazable. También para nosotros ha sido muy interesante participar en la problemática de la región y como se prepara para el futuro. Queremos contribuir a que este futuro sea mejor.

FUENTE: Télam