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Sergio Maldonado: “La falta de decisión política garantiza impunidad”

El 1 de agosto de 2017 la Gendarmería Nacional desató una brutal represión contra manifestantes mapuches que llevaban adelante un corte de ruta. Durante las corridas, los gendarmes, bajo el mando de Patricia Bullrich y la supervisión de Pablo Noceti (que estuvo en el lugar en dos ocasiones ese mismo día) ingresaron al Pu Lof Cushamen persiguiendo a los manifestantes que realizaban el corte de ruta hasta las cercanías del río Chubut.

En ese “desalojo” de ruta ejecutado con palos, golpes, balas de goma y de plomo es cuando se lo ve por última vez con vida Santiago Maldonado. El joven, nacido en 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires, había llegado desde el Esquel el día anterior para participar de esa jornada de protesta en la que se pedía la libertad de Facundo Jones Huala.

Santiago había cumplido 28 años el 25 de julio y tenía pensado viajar a su pueblo para celebrar el cumpleaños junto a su familia. El 2 de agosto la comunidad mapuche informó a la familia que no encontraban a Santiago.

El señalamiento a la comunidad mapuche fue una constante durante el gobierno de Mauricio Macri y su persecución un objetivo permanente de la entonces ministra de Seguridad. Las sucesivas represiones, la persecución a dirigentes políticos y el intento de la Corte Suprema por liberar a los genocidas de la última dictadura militar fueron el contexto de la desaparición del joven Maldonado, el más chico de tres hermanos.

La primera manifestación por Santiago Maldonado en Buenos Aires se realizó el 7 de agosto ante el Congreso de la Nación. El pedido por su aparición con vida se multiplicó en la Argentina y en el mundo.

En las escuelas de la Ciudad, desde el gobierno estaba el pedido expreso de no nombrar a Santiago. Setenta y ocho días después, en un cuarto allanamiento a orillas del río Chubut, su cuerpo apareció en una zona donde el agua alcanzaba 50 centímetros. Después de una autopsia realizada por dos peritos (a los que se sumaron 50 que siguieron el procedimiento a través de una pantalla) determinaron que la causa de muerte fue ahogamiento. Con ese escueto y breve dato, el juez Gustavo Lleral un año después decidió cerrar la causa. Antes de anunciarlo públicamente, llamó a la mamá de Santiago para disculparse. Luego negó este llamado y al año siguiente, renunció a la causa.

A cinco años de la desaparición forzada seguida de muerte, su hermano Sergio convocó a una nueva manifestación. La última fue en 2019. Esta vez, lo que pide es que la Corte Suprema apure la designación de un juez y determine una investigación como desaparición forzada. Hace apenas unas semanas, la Comisión Interamericana por los Derechos Humanos aceptó hacerse cargo del caso, luego de que, en mayo, apareciera un nuevo testigo en la causa. Eso fue un paso más para que Sergio Maldonado, y la familia de Santiago terminara de armar ese rompecabezas de testimonios y declaraciones sobre lo que sucedió ese día. Con estos elementos, el lunes se manifestarán en Plaza de Mayo para pedir verdad y justicia.

-¿Qué aportó y cómo se movió la justicia con la aparición de este nuevo testigo?

–Esta persona de dentro de la Gendarmería, que es personal de salud aportó un montón de información. Eso se volcó al fiscal. Lo que sucede es que hasta que no haya un juez que pueda investigar, todo ese testimonio no se puede profundizar. Se está perdiendo mucho tiempo con algo tan valioso. Estuvimos tanto tiempo a la espera de que alguien diga algo y la testigo que aparece ahora no puede ampliar la declaración porque no tenemos un juez en la causa.

-Hubo una decisión judicial, pero también hubo mucho abandono político en acompañar o no la causa por Santiago, ¿cuál es tu opinión o hipótesis al respecto?

-En realidad, hubo una falta de decisión política. Esa falta de decisión acompaña a que se siga garantizando la impunidad. El silencio sigue siendo un cómplice necesario en este caso.

-En Latinoamérica, particularmente en Colombia, las desapariciones forzadas siguen siendo un problema muchas veces silenciado por el poder político, ¿qué vinculaciones ves con lo que pasó con Santiago?

-Lo pude comprobar estando en Colombia, que es el país que mayor cantidad de desapariciones forzadas tiene. Es un lugar, en el que, además, la mayor cantidad de cuerpos terminan en los ríos. Por eso, cuando conformamos el equipo de peritos de parte independientes, lo conformamos con gente de ahí con vasta experiencia en eso porque es una práctica muy común. Pero lo vi ahí y también vi el año pasado acá en El Bolsón, y es que las fuerzas de seguridad liberan las zonas para que los enfrentamientos ya no estén en manos de las fuerzas de seguridad, si no de particulares. El no investigar termina naturalizando una desaparición forzada, eso pasa en Colombia y veo que acá también se instala esa modalidad. Esto de que están los buenos vecinos y el resto son vándalos genera un encontronazo o un choque entre particulares. Una sensación de que los propios vecinos al estar desprotegidos sin la presencia del Estado tienen que hacer justicia por mano propia. Acá, por ejemplo, Macri diciendo hace poco que si vuelven al gobierno van a terminar con la RAM, es generar un enemigo interno que pone en una situación de enfrentamiento. Se trata de construir un enemigo interno que no existe, porque de existir ya lo habrían erradicado hace rato.

– ¿Por qué no se tiene en cuenta ni se habla de las circunstancias en las que desaparece Santiago?

-No se habla de la represión, de lo que pasó en el lugar. ¿Por qué? ¿Por qué Santiago estaba acompañando un reclamo mapuche? ¿Por qué se había cortado la ruta? Se deja de lado que ingresaron más de cien gendarmes. Primero dicen que Santiago no estaba en el lugar, después que no había los gendarmes, después que no habían llegado al río, después que no habían disparado (aunque se encontraron balas de goma y balas de plomo 9mm). Todo eso fue pasó en 78 días para terminar diciendo “estuvo todo el tiempo en ese lugar”. Como Estado hiciste tres rastrillajes en ese lugar y después decís que estaba ahí. Hace poco Patricia Bullrich dijo que, si Santiago se hubiera entregado, estaría vivo, siendo que ellos tenían la foto de la última vez que se lo vio a Santiago con vida, por lo menos fotográficamente ese 1 de agosto. Todo el tiempo es mentir, no resisten un archivo. Y nadie le repregunta.

En una entrevista, hace unas semanas, Patricia Bullrich habló del caso, dijo que no existe la testigo, que Santiago se ahogó por haber salido corriendo y que les dio plata a ustedes para que lo busquen ¿qué respuestas tenés para ella?

-Miente. Dice que no hay procesados ni imputados cuando sí los hay. Lo que sucede es que hoy no hay quien investigue, pero la causa está abierta y a la espera de un juez. Por otro lado, ataca con todo lo que es plata. “Nosotros lo ayudamos”, como si fuera que me ayudaron porque son un organismo de beneficencia, que es una fundación, a mí no me ayudó nadie del gobierno. Lo que hicieron en su momento fue brindar medios para la búsqueda. Hasta el propio Germán Garavano tuvo que salir a decir que ellos no me habían dado subsidios. Ojalá fuera verdad que hubiera una reparación económica, porque significaría que hubo un juicio, que al Estado se lo encontró culpable. Pero acá no estamos hablando de una reparación económica, estamos hablando de lo que gastaron en el operativo. Si su problema es que yo me tengo que hacer cargo de los pasajes que nos dieron para ir a las reuniones con el Estado, o de viajar a Uruguay cuando nos reunimos con la CIDH en la mesa de trabajo y también con el gobierno argentino, si me está reclamando el avión sanitario que trasladó a Santiago, yo no tengo problemas, se lo pago. Pero en realidad no es un número que yo haya manejado. Ella puede inventar cualquier cifra porque yo no tengo acceso a eso. Pero si ese es el problema, si con la plata se soluciona todo, bueno que pase la factura a ver cuánto se le debe y que lo traiga a Santiago con vida.

–¿Cómo transitaste estos cinco años?

–Son etapas. Los familiares tenemos distintos tiempos. Este año me pesa mucho. Tengo mucho dolor y una sensación de angustia por esta impunidad. No sólo es la ausencia de Santiago, sino también de padecer este tipo de ataques todo el tiempo Es una deshumanización constante la que hacen los funcionarios que estaban en el gobierno y otros que hoy son diputados. Bullrich no estuvo sola. Contó con todo un aparato político y también con una cantidad de periodistas obsecuentes que repiten lo que ella dice. En esa parte hay resignación, una frustración de ver que hay justicia, pero no funciona para los que no tenemos el poder que ellos tienen. Ese ese el desgaste y el dolor de estos cinco años. «

Las escuchas ilegales que no son espionaje

El 15 de julio el juez Daniel Rafecas desestimó la causa que se había iniciado contra la Gendarmería macrista. «La respuesta de Rafecas fue que no había suficientes pruebas para decir que fue espionaje. Que no se pudo probar. Cuando en realidad yo declaré hace tres años, y las únicas medidas que tomó fue pedir filmaciones en los lugares donde todos sabemos que, por lo general, pasan tres meses y se borran. Desestimó todos los aportes que hicimos. No llamó a declarar personas que nosotros habíamos mencionado y que eran de vital importancia», dice Sergio Maldonado, quien tuvo intervenido su teléfono.

«Aparte es contradictorio el fallo de Rafecas, porque hasta el propio Lleral cuando se hace cargo de la causa y ve que el teléfono estaba intervenido, suspende esas pinchaduras. Esas escuchas ilegales están en la Corte Suprema desde marzo de 2019 están para destruirse. Con todo ese antecedente, Rafecas dice que no hubo espionaje, te pinchan el teléfono, qué más prueba que esa para saber que sí hubo espionaje».

Bullrich y sus mentiras

El 29 de junio en el ciclo de entrevistas online Caja Negra que conduce Julio Leiva, la exministra de Seguridad Patricia Bullrich negó su responsabilidad sobre el caso Maldonado.

Negó que existiera un nuevo testigo, dijo que la causa está cerrada e insistió en que «quedó atrapado en el río». Un mes después y a pedido de Sergio Maldonado, se publicaron las respuestas de la querella a los dichos de la exministra.

«La testigo existe. Dio nombres y apellidos, y fechas y horas y lugares donde fue escuchando a sus compañeros gendarmes decir que había un operativo, que el operativo había salido bien, que se había detenido un hippie que estaba en el destacamento de Gendarmería de Benetton. Todos estos datos los declaró ante el fiscal de la causa y están incorporadas en el expediente», explica en el video la abogada Verónica Heredia, abogada de la causa.

FUENTE: Tiempo Argentino

Declaran de interés provincial al Archivo Histórico de las Madres de Plaza de Mayo

El Gobierno bonaerense declaró hoy a través del Boletín Oficial, de Interés provincial el trabajo del Archivo Histórico Asociación “Madres de Plaza de Mayo” por su contribución a “la efectivización del derecho a la verdad, la memoria y la identidad”.

Mediante el decreto N° 810/22 firmado por el ministros de Justicia y Derechos Humanos, Julio César Alak y el gobernador Axel kicillof, se planteó que el archivo de las Madres contribuye en el proceso de Memoria, Verdad y Justicia “mediante la recopilación, conservación y exposición de documentos que reflejan diferentes aristas de los actos y acontecimientos que tuvieron lugar en la provincia de Buenos Aires durante la Dictadura Cívico-Militar, ocurrida entre los años 1976 y 1983″.

Además, en el texto de la norma explican que  la declaración de Interés Provincial del archivo de Madres “es de sustancial importancia para la provincia de Buenos Aires, máxime previéndose próximamente su traslado hacia nuestra Provincia”.

Vale recordar que el último 24 de Marzo, acompañado por su gabinete y por las Madres de Plaza de Mayo, el gobernador Kicillof anunció la cesión formal del ex Destacamento de Inteligencia 101 para instalar el Archivo Provincial de la Memoria.

El Gobierno bonaerense destacó que los documentos del archivo de Madres“permiten a las víctimas, personas allegadas y a la ciudadanía el acceso a la información, a fin de conocer la verdad sobre lo ocurrido y evitar la repetición de tales actos, garantizando el acercamiento a la justicia y a una reparación integral”.

En ese sentido, entre los considerandos de la normativa se recordó que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) dispuso que los Estados Miembros de la Organización de los Estados Americanos (OEA) se comprometan a “disponer mecanismos efectivos y comprensivos para garantizar el derecho a la verdad tanto de las víctimas como de la sociedad en su conjunto”.

Ese compromiso entre la CIDH y la OEA se plasmó en los “Principios sobre Políticas de Memoria en las Américas”, entre los que se destaca “el deber de los Estados de adoptar las medidas necesarias para asegurar la preservación física de los sitios de memoria y evitar la sustracción, destrucción o falsificación de imágenes, planos, documentos, archivos o cualquier otro tipo de información que pueda contribuir a la reconstrucción y evidencia de las violaciones a los derechos humanos“.

Kicillof declaró de interés provincial al Archivo Histórico de las Madres de Plaza de Mayo.
Kicillof declaró de interés provincial al Archivo Histórico de las Madres de Plaza de Mayo.

El decreto que destaca de interés provincial el Archivo de Madres también recordó otro de los principios que indica que “se dispone una serie de principios relativos a los sitios de memoria, según los cuales los Estados deben proveer un marco normativo preciso y adecuado que regule su identificación, señalización, recuperación, preservación y accesibilidad”, marco que puede otorgarse “a través de la declaración de los sitios de memoria como patrimonio cultural o histórico”.

El Archivo Histórico de las Madres de Plaza de Mayo, es la recolección de documentos por 45 años de lucha y resistencia que buscó en los momentos más oscuros de la historia argentina hallar la Verdad y Justicia y hoy es un emblema de la memoria colectiva.

“No es acopio de sobras, no es acumulación de papeles, ni es negocio ni mercancía. Son textos que fecundan el dolor. Son trazos de manos llorosas y combativas, son el brote de miles de pasos en la Plaza de Mayo, son la semilla de los gritos testigos de resistencia”, describen sobre el Archivo las Madres de Plaza de Mayo en su sitio web.

Para Pietragalla los dichos de Aldo Rico «deberían ser repudiados por todo el arco político»

El secretario de Derechos Humanos, Horacio Pietragalla Corti, consideró este sábado que la convocatoria de Aldo Rico a los militares lanzada públicamente tendría que ser «repudiada por todo el acto político» y explicó que su cartera presentó este viernes una denuncia ante la Justica ya que esas declaraciones representan «una clara afirmación de un delito».

Foto: Horacio Culaciatti.

«Sus dichos fueron una clara afirmación de un delito, que ya está tipificado en nuestro Código Penal, ahora lo tiene que ver la Justicia. Tendría que ser repudiado por todo el arco político.

No podíamos dejar pasar esto, porque que hay un cierto clima de un sector mínimo de la sociedad que impulsa violaciones claras a los Derechos Humanos que convocan a las Fuerzas Armadas un golpe de Estado a esta altura del siglo, después de años de tantas conquistas», dijo Pietragalla Corti en declaraciones para Radio 10.

En un video difundido en las últimas horas por redes sociales, Rico convocó a militares en lo que consideró «una llamada de reunión antes de las crisis y antes de la batalla, como se estila en nuestras Fuerzas Armadas» y expresó: «Camaradas, cuando la Patria está en peligro todo es lícito, menos dejarla desaparecer».

Este viernes, la Secretaría de Derechos Humanos solicitó a la Justifica federal que investigue a Rico «ante la posible comisión del delito de amenaza pública e idónea contra las autoridades democráticamente electas», que se encuentran tipificadas en el artículo 226 bis del Código Penal.

En los argumentos de la denuncia, se sostiene que se debe considerar que el exteniente coronel del Ejército «tiene contactos políticos, militares y policiales y experiencia previa en la organización y ejecución de dos levantamientos militares» contra el sistema democrático, y se recuerda los alzamientos carapintadas de 1987 y 1988 contra el gobierno del expresidente Raúl Alfonsín.

El secretario sostuvo que presentaron la denuncia a partir de «los antecedentes de Rico contra la democracia».

Los antecedentes de Rico

Participó en los levantamientos carapintadas en 1987 y 1988 contra el gobierno democrático de Raúl Alfonsín, y que culminó con la sanción de las leyes de Obediencia debida y punto final.

Foto Archivo

Estas leyes garantizaron la impunidad de los genocidas, hasta su derogación y reapertura de juicios durante el gobierno de Néstor Kirchner, 17 años después.

Pietragalla Corti recordó además que Aldo Rico «jugó el juego democrático», ya que fue intendente de San Miguel gracias a «los años de impunidad que hubo en nuestro país».

«El mismo ayer confesó que luchó contra la subversión, que no lo podamos enjuiciar no quiere decir que no haya sido parte del aparato represivo, y de los perpetradores que llevaron adelante», subrayó el funcionario.

FUENTE: Télam

Cinco sobrevivientes relataron los tormentos que sufrieron en la última dictadura cívico militar

El debate oral del Juicio Brigadas Banfield, Quilmes y Lanús continuó este martes con la declaración de los sobrevivientes Graciela Gribo, Néstor Zurita, Norberto Liwsky y Osvaldo Luis Abollo. También declaró Verónica Natalia Martínez Severo, hija de uruguayos desaparecidos. El juicio pasó a un cuarto intermedio hasta el 9 de agosto.

La primera en declarar fue la sobreviviente Graciela Gribo, quien fue secuestrada el 21 de diciembre de 1977, cuando tenía 20 años. Estuvo en la Brigada de San Justo y en el Pozo de Banfield. Dio detalles de cómo fue el momento en el que la detuvieron y precisó que antes habían sido secuestrados sus padres (Catalina y Haraiambo) y su hermano (Jorge), quienes fueron liberados al momento en que dieron con ella.

“Se presentaron como del Ejército argentino y me llevaron detenida”, explicó. “Fui sometida a tormentos con picana eléctrica, a golpes. Querían saber cuáles eran mis actividades“, contó la mujer. Días después, dejaron de torturarla y la pusieron con los demás detenidos.

Tiempo después, fue trasladada al Pozo de Banfield. “No tuve ni idea de dónde estuve durante todo el tiempo que estuve en ese lugar”, advirtió. Estuvo hasta mayo en este centro clandestino de detención y exterminio, hasta que fue trasladada a la subcomisaría de Haedo y comenzó el proceso de legalización. A fines de 1981 le dieron la libertad vigilada por siete meses.

Al ser consultada por lo que vino después del secuestro, explicó: “El miedo es algo que te queda instalado porque fuimos sometidos a hechos que nos conectaron con lo más terrible de la monstruosidad que es haber sido tocados por el terror, encima impartido por el Estado. Hay secuelas, que uno puede trabajar y controlarlas”. “Estos espacios nos dan la fuerza para poder seguir viviendo y porque son la voz de todos aquellos que hoy no pueden estar. Se los llevaron con vida y siempre vamos a reclamar que los devuelvan con vida. Estos espacios nos dan la posibilidad de ese siempre”, apuntó.

El segundo testimonio fue el del sobreviviente Néstor Zurita, secuestrado el 22 de febrero de 1978 en Flores. Fue trasladado al Banco, donde estuvo hasta agosto de 1978, cuando fue trasladado al Olimpo. En enero de 1979 llegó al Pozo de Quilmes.

Verónica Natalia Martínez Severo fue la tercera testigo. Es hija de uruguayos desaparecidos, Jorge Martínez y Marta Beatriz Severo Barreto. Sus padres fueron secuestrados el 20 de abril de 1978 en Claypole y a ella la dejaron en la casa de una mujer. Tenía 35 días de vida.

Su abuela lo buscó, al no tener noticias de la familia, y comenzó a visitarla para luego hacer el reclamo correspondiente. “Después de tres meses pude estar con mi abuela, me crié con ella y hace 13 años que falleció”, precisó. Describió “por momentos feliz” su crianza y precisó que siempre le dijeron la verdad sobre lo que pasó pero que le pedían que “no participe” o “no hable”.

Además de sus padres fueron secuestrados sus tíos Ari, Carlos y su esposa. “La destrucción fue del momento cero y así quedamos. Fue una destrucción total a nivel familia“, reflexionó.

El siguiente testimonio que se escuchó es el de Norberto Liwsky, el médico que fue secuestrado el 5 de abril de 1978. “Un grupo civil armado me redujo, me dispararon dos tiros sin que hubiera una situación que lo pudiera justificar”, contó ante el Tribunal. Compartió cautiverio con cuatro detenidos en el Pozo de Banfield.

Precisó que todos comentaron sobre torturas “físicas y psicológicas” y “sobre torturas sobre otros”. “Habían tenido conocimiento de mujeres en embarazadas en cautiverio, en otros casos dando a luz en cautiverio y en otro, reclamando por sus hijos”, dijo en alusión a sus compañeros de celda Rafael Chamorro y el chileno González. Se refirió puntualmente al caso de Paula Logares, la primera nieta restituida a partir de un examen genético, quien declaró en la audiencia del 5 de julio pasado.

El último testigo fue Osvaldo Luis Abollo, sobreviviente al genocidio. Fue secuestrado el 7 de diciembre de 1976 en la casa familiar, de Burzaco, donde vivía con sus padres y su hermano menor. Era militante de Montoneros. “Me vendaron los ojos con un repasador, me metieron en un vehículo y de ahí me llevaron hasta Puente 12, donde estuve alojado durante 14 días y me torturaron con picana eléctrica, asfixia, golpes, simulacro de fusilamiento, etc. Luego de esos 14 días me trasladan a lo que es el Pozo de Quilmes, en donde permanezco hasta el 14 de abril de 1977, día en que soy trasladado a la Unidad 9 de La Plata”, relató.

“Por lo general, se comía una vez por día. Estábamos encerrados, solamente salíamos para comer. Los sábados y domingos no se comía. Las necesidades se hacían en un tarrito, que había que sacar cuando se salía a comer”, explicó ante la consulta sobre las condiciones de detención. Luego, fue trasladado a la cárcel. Mencionó muertes en los calabozos por castigos, fusilamientos y secuestros de familiares que iban a las visitas.

FUENTE: Tiempo Argentino

Murió el genocida Miguel Etchecolatz

No conoció el remordimiento, por el contrario hizo del regocijo el emblema de su cruzada asesina. Cumplía sus condenas en una cárcel común, repudiado incluso por su familia. Entre 1976 y 1979 estuvo al frente de la Dirección General de Investigaciones de la Policía Bonaerense. Bajo su órbita funcionaron no menos de 20 centros clandestinos de detención y otras tantas maternidades clandestinas.

Por Luciana Bertoia

No conoció el remordimiento, por el contrario hizo del regocijo el emblema de su cruzada asesina. “¿Por haber matado? Fui ejecutor de una ley hecha por los hombres. Fui guardador de preceptos divinos”, decía el excomisario general Miguel Osvaldo Etchecolatz en los tiempos en que gozaba de impunidad. “Por ambos fundamentos, volvería a hacerlo”, prometía el genocida que murió en la madrugada de este sábado a los 93 años mientras cumplía sus condenas en una cárcel común y repudiado incluso por quienes fueron su familia.

El represor –nacido el 1 de mayo de 1929– estaba alojado en la Unidad 34 de Campo de Mayo desde casi el comienzo de la pandemia. En las últimas semanas, había sido trasladado a la clínica Estrada de la localidad de Merlo e internado en terapia intensiva. El 27 de junio pasado, lo trasladaron al Sanatorio Sarmiento para colocarle un marcapasos, relataron fuentes judiciales. Había recibido un fallo favorable en la Cámara de Casación para volver a su casa, pero no llegó a materializarse.

Etchecolatz en 1973, antes de que el genocidio comience. Legajo personal.

Entre 1976 y 1979, Etchecolatz estuvo al frente de la Dirección General de Investigaciones de la Policía Bonaerense, la fuerza que comandaba con mano ensangrentada Ramón Camps. Bajo su órbita funcionaron no menos de 20 centros clandestinos de detención, tortura y exterminio y otras tantas maternidades clandestinas, donde las mujeres que estaban secuestradas parían y les eran arrebatados sus hijos o hijas. Etchecolatz fue un firme seguidor de Camps, tanto que, por esos años, recibió varias veces el reconocimiento San Miguel Arcángel con el que la Bonaerense premiaba a sus mejores hombres –que, para entonces, eran quienes mostraban más arrojo a la hora de empuñar la picana–.

En 1979, pidió la baja después de más de tres décadas en la Bonaerense, a la que había ingresado en 1947. Durante unos años le proveyó seguridad a Bunge & Born. En abril de 1986, la justicia tocó a su puerta. Lo detuvieron por orden de la Cámara Federal, que lo terminaría condenando a 23 años de prisión por los crímenes cometidos en la órbita del llamado Circuito Camps en lo que se conoció como la causa 44. Desde la prisión fue uno de los que atizó el alzamiento de Semana Santa. Terminó beneficiado por la propia Corte Suprema y volvió, al tiempo, a la seguridad privada. Así, conoció a su actual esposa, Graciela Carballo.

Durante los años de impunidad, lo persiguieron los escraches que él repelía con amenazas sin ningún miramiento. Cuando unos pibes atinaron a tirarle unos huevos mientras paseaba a su pastor inglés, Etchecolatz no dudó y desenfundó un arma –que después la justicia le creería que era de juguete–. No era sorprendente para quienes lo vieron dando rienda a su violencia en los campos de concentración. Lo escuchó Alfredo Bravo durante la tortura diciéndole “maestro, escupa todo y no trague nada”. En 1997, en un careo entre ambos en el programa Hora clave que conducía Mariano Grondona, el genocida comparó la tortura con un tratamiento para callos plantares.

Volver a la cárcel

Después de ese programa y de la publicación de su libro La otra campana del Nunca Más, Bravo lo demandó. Lo patrocinó Juan Ramos Padilla, el juez que lo había metido preso en los años ‘80 y por quien había desarrollado un particular encono. En la casa de los Ramos Padilla ya le reconocían la voz a Etchecolatz cuando llamaba para amenazar al padre de la familia. Cuando quisieron ejecutar la sentencia, se apersonaron Ramos Padilla padre con sus dos hijos, Alejo y Juan Martín. Etchecolatz decía que nada de lo que había en la casa le pertenecía hasta que la oficial de justicia que los había acompañado agarró una charretera y con fastidio le preguntó: “¿Ésta tampoco es suya?”

–Sí, y ésta también–dijo Etchecolatz asomándose con un arma.

– ¿Funciona?– le preguntó Ramos Padilla padre.

–Por supuesto. Y tengo blanco –le dijo el genocida apuntándole al juez–. ¿Dónde quiere el tiro?

Alejo se abalanzó sobre Etchecolatz ante la posibilidad de que le disparara al padre y logró arrebatarle la pistola.

El episodio quedó en el olvido hasta que arrancó el primer juicio en La Plata después de la caída de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida que lo tuvo como protagonista. Alejo Ramos Padilla, entonces abogado querellante, pidió junto con otros abogados querellantes que le revocaran la prisión domiciliaria porque tenía un arma en su casa. Así lo hizo el tribunal que presidía Carlos Rozanski.

¿Dónde están?

«Ante la muerte, pienso en esa pregunta que en los juicios siempre sobrevuela, aunque no se explicita: ¿Dónde están las y los desaparecidos, dónde está Clara Anahí, dónde está Jorge Julio López?» le dice a Página/12 la abogada Guadalupe Godoy.

Etchecolatz en 1947. Legajo personal.

A Jorge Julio López lo secuestraron –por primera vez– el 27 de octubre de 1976. Etchecolatz participó en ese operativo en el barrio de Los Hornos. López lo vio también pateando a quienes estaban secuestrados en el campo de Arana y declaró ante la justicia que él mismo comandó la matanza de cuando asesinaron a los militantes de la unidad básica Juan Pablo Maestre. “No tenía compasión”, dijo en el juicio oral. Su testimonio fue fundamental para demostrar que Etchecolatz no solo daba las órdenes, sino que actuaba. Etchecolatz recibió su primera condena a prisión perpetua el 19 de septiembre de 2006. Un día antes, López desapareció.

Etchecolatz escuchó la sentencia aferrado a un rosario, el mismo rosario al que se agarraba cuando la fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo, María Isabel “Chicha” Chorobik de Mariani, le reclamó que dijera dónde estaba su nietita Clara Anahí. No dijo nada. Besó la cruz y calló.

En 2014, cuando López llevaba ocho años desaparecido, Etchecolatz se preocupó porque se viera un papel que llevaba en su mano con el nombre del testigo. Fue durante el juicio por crimenes cometidos en La Cacha. Era un nuevo mensaje para amedrentar a quienes ponían el cuerpo y el testimonio para hacer justicia.

Los muertos que vos matáis gozan de buena salud

Durante el macrismo, logró salir de la cárcel. El 27 de diciembre de 2017, Tribunal Oral Federal (TOF) 6 le otorgó la prisión domiciliaria y envió al represor a su chalet en el bosque Peralta Ramos de Mar del Plata. La casa se volvió un santuario del repudio. Ese mismo año, Mariana –quien se reconoce como su exhija– contó que había marchado contra su expadre genocida cuando la Corte habilitó el beneficio del 2×1 para los criminales de lesa humanidad.

La Cámara Federal de Casación revocó la decisión del TOF 6 y Etchecolatz volvió a prisión. Allí estuvo hasta ahora, purgando siete condenas a prisión perpetua dictadas desde que se reabrieron los juicios: la de 2006, la del Circuito Camps, la de La Cacha, la del caso Favero, la de Cuatrerismo y Brigada de Güemes –dictada en los tribunales de Comodoro Py–, la de la Brigada de San Justo y una reciente por el Pozo de Arana –el juicio que se hizo en base al testimonio de Jorge Julio López–. De esas, solo una fue confirmada por la Corte Suprema.

«Murió condenado y cumplió sus condenas en cárcel común», apunta Godoy. «La lucha de tantos y tantas por memoria, verdad y justicia no fue en vano».

Etchecolatz falleció mientras lo juzgaban por los crímenes cometidos en tres centros clandestinos que estaban bajo su órbita – los “Pozos” de Banfield y de Quilmes y el “Infierno” de Avellaneda. En esos campos de concentración estuvieron, entre muchísimos otros, los chicos y las chicas secuestrados en lo que se conoció como la Noche de los Lápices. También estaba en juicio por lo sucedido con los hermanitos Ramírez, tres chicos que fueron sustraídos en 1977 después de presenciar cómo asesinaban a su mamá y pasaron todo tipo de penurias en el Hogar Casa de Belén, de la localidad de Banfield.

Etchecolatz nunca habló: condenó a los desaparecidos a seguir desaparecidos y a sus familiares a seguirlos buscando eternamente. Siguió cometiendo su crimen cada uno de sus días y juró que lo volvería a hacer. El silencio de Etchecolatz es su última miseria; el repudio de gran parte de la sociedad que veía en él el sadismo de los asesinos, la última victoria de aquellos a los que quiso exterminar para siempre

FUENTE: Página 12

A 66 años de los fusilamientos de José León Suárez, un acto de terrorismo de Estado

Los generales del Ejército Juan José Valle y Raúl Tanco lideraron, hace 66 años, un 9 de junio de 1956, un levantamiento armado que intentó reponer a Juan Domingo Perón como presidente constitucional de la Argentina, y que la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu sofocó con una masacre en la que fueron fusilados 18 militares y 13 civiles.

Nueve meses antes, un golpe de Estado había derrocado a Perón e instaurado un régimen cívico militar autodenominado como «Revolución Libertadora».

El general Eduardo Lonardi, un nacionalista católico que había asumido la Presidencia tras el golpe, resultó desplazado en noviembre de 1955 por el tándem que formaban Aramburu y el almirante Isaac Rojas, quienes aspiraban a profundizar la desperonización del país.

Las garantías consagradas en la Constitución de 1949 quedaron conculcadas y se aplicó el Decreto 4161, que prohibía mencionar a Perón y exaltar los símbolos del justicialismo.

Además, Aramburu congeló salarios y propició el ingreso del país al Fondo Monetario Internacional (FMI), que le recomendó ejecutar una política de ajuste a cambio de prestarle asistencia financiera.

Ese contexto generó un clima de creciente malestar entre la clase trabajadora que propició el terreno para una rebelión que encabezarían Valle y Tanco, secundados por los coroneles Oscar Cogorno, Alcibíades Cortínez y Ricardo Ibazeta.

El movimiento estaba infiltrado por agentes del gobierno, que el 8 de junio ordenó numerosas detenciones entre gremialistas y activistas con el propósito de restarle sustento social al pronunciamiento.

Aramburu orden fusilar a 11 militares que haban participado del lavantamiento
Aramburu ordenó fusilar a 11 militares que habían participado del lavantamiento. 

Ese mismo día, Aramburu viajó a Santa Fe pero, antes de partir, dejó preparados los decretos 10.362, 10.363 y 10.364, que establecían la Ley marcial y la pena de muerte, pero que serían publicados en el Boletín Oficial una vez producida la rebelión.

La señal para el inicio de la sublevación se daría por radio, durante la transmisión de la pelea de boxeo entre Eduardo Lausse y el chileno Humberto Loayza, que se celebraba en la noche el sábado 9 de junio en el Luna Park.

El alzamiento se verificó en Campo de Mayo, la Escuela de Mecánica del Ejército, los Regimientos 2 de Palermo y 7 de La Plata, y en Viedma, Rosario, Rafaela y Santa Rosa, La Pampa.

En una casa de la localidad bonaerense de Florida, en el norte del Gran Buenos Aires, fueron detenidos varios civiles: algunos se aprestaban a facilitar respaldo operativo a la rebelión; otros, en cambio, se encontraban allí de forma circunstancial para escuchar la pelea de Lausse.

Los combates entre los efectivos del gobierno y los sublevados se produjeron entre las 22 y la medianoche del 9, en tanto que los decretos firmados por Aramburu se difundieron a las 0.30 del 10 de junio.

Esas normas fueron creadas para aplicarse de manera retroactiva, en una clara violación de los principios del derecho penal, ya que los fusilamientos estaban decididos de antemano.

Cinco detenidos fueron asesinados por la polica y siete lograron escapar
Cinco detenidos fueron asesinados por la policía y siete lograron escapar. 

En la madrugada comenzaron las ejecuciones de los detenidos, y el teniente coronel Desiderio Fernández Suárez, al mando de la Policía de la provincia de Buenos Aires, le ordenó al comisario Rodolfo Rodríguez Moreno fusilar a los detenidos de Florida, que se encontraban en una comisaría de San Martín.

Los 12 detenidos fueron llevados a los basurales de José León Suárez, donde cinco fueron asesinados por las balas policiales y los otros siete lograron escaparse.

En la mañana, un tribunal militar presidido por el general Juan Carlos Lorio realizó un juicio sumario a militares sublevados y concluyó que los detenidos, aunque «culpables del delito de sedición», no debían ser fusilados.

Aramburu le ordenó al tribunal que rectifique su fallo y Lorio le pidió al mandatario que manifieste por escrito su decisión de ejecutar a los detenidos.

El militar que ejercía la Presidencia le respondió con la elaboración de una lista de 11 militares rebeldes que horas más tarde fueron pasados por las armas.

Ante la muerte de sus camaradas, Valle, escondido en una casa de la calle Corrientes, decidió entregarse a condición de que se detuviera la represión.

El general peronista fue conducido al Primer Cuerpo de Ejército, en Palermo, donde, tras un juicio sumario, se lo condenó a morir frente a un pelotón de tiradores.

Valle fue asesinado el 12 de junio, pasadas las 22, en la Penitenciaría ubicada en la calle Las Heras, sin que medie una orden de ejecución por escrito.

Por su parte, Tanco se refugió en la embajada de Haití, pero el coronel Domingo Cuaranta irrumpió en la delegación diplomática y lo secuestró a punta de pistola.

Frente a las protestas del diplomático caribeño Jean Briere, el gobierno se vio obligado a respetar el derecho de asilo y le permitió al general volver a la delegación.

Rodolfo Walsh reconstruy la historia de los fusilados de Jos Len Surez y escribi Operacin Masacre
Rodolfo Walsh reconstruyó la historia de los fusilados de José León Suárez y escribió «Operación Masacre». 

Meses más tarde, en un café de La Plata, un periodista interrumpirá la partida de ajedrez que jugaba contra un parroquiano al escuchar una frase inquietante: «Hay un fusilado que vive».

En base a ese rumor, Rodolfo Walsh dio con Carlos Livraga, y con su testimonio el periodista reconstruyó la historia de los fusilados de José León Suárez y plasmó sus padecimientos en el libro «Operación Masacre»

FUENTE: Télam

Se repuso la señalización de Sitio de Memoria en la Comisaría 1ra de Tigre

El intendente Julio Zamora participó del reemplazo de la cartelería que marca al espacio como un ex centro clandestino de detención en la última dictadura cívico-militar. Es una iniciativa del Gobierno nacional, en articulación con la Provincia y el Municipio, que busca dar a conocer y condenar los hechos sucedidos durante esa época y brindar un reconocimiento a las víctimas y sus familiares.  

En un acto emotivo junto a la comunidad, el intendente Julio Zamora acompañó la reposición del cartel que señala a la Comisaría 1ra de Tigre como Sitio de Memoria, al ser uno de los ex centros clandestinos de detención durante la última dictadura cívico-militar. El encuentro fue organizado por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación -a través de la Dirección Nacional de Sitios y Espacios de Memoria-, en articulación con la Subsecretaría de Derechos Humanos de la Provincia de Buenos Aires y el Municipio.

Al respecto, el jefe comunal mencionó: «Estuvimos en un acto muy emotivo donde volvimos a señalizar la Comisaría 1ra de Tigre, un lugar donde fueron secuestradas personas que trabajaban por la zona. Durante el acto, escuchamos testimonios de un momento trágico de la historia Argentina y por eso creemos que la memoria es importante para que estos hechos no se vuelvan a repetir. Este cartel mantiene viva la conciencia en nuestra comunidad». 

El programa Señalización de Sitios y Espacios de Memoria de la Nación, busca visibilizar los ex centros clandestinos de detención y otros lugares vinculados al terrorismo de Estado -de acuerdo con la Ley Nacional 26.691-, para dar a conocer y condenar los hechos sucedidos durante la dictadura de 1976. Además, es un reconocimiento a las víctimas de este periodo y a sus familiares.

«Hoy se encuentran muchos sobrevivientes que han pasado por este centro clandestino y que a través de su larga lucha, han podido llevar sus testimonios a juicios. Desde la gestión del intendente Julio Zamora, seguimos trabajando para reivindicar el lema ‘Nunca Más’ y fortalecer la Memoria, la Verdad y Justicia. Nosotros continuamos acompañando con políticas públicas para seguir construyendo este camino», expresó la subsecretaria de Derechos Humanos y Juventud, Natalia Reynoso.

«Estamos reponiendo la señalización que se hizo en abril del 2011, que por el transcurrir de los años se fue deteriorando. Los que pasaron por esta vereda se encontraron con un cartel ilegible, pero ahora van a saber lo que sucedió en este lugar. Desde la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación apuntamos a las nuevas generaciones porque nuestra vida es finita y en el futuro se tiene que mantener la memoria para que no vuelva a repetirse el terrorismo de Estado», sostuvo la directora nacional de Sitios y Espacios de Memoria, Lorena Battistiol.

Por su parte, María del Carmen Pérez, sobreviviente del terrorismo de Estado, dijo: «Para mí siguen siendo muy importantes estos actos, incluso a 46 años de que me trajeron a esta comisaría, un lugar que formaba parte de la geografía de mi barrio, y donde fui cautiva y torturada. Pero también encontré a trabajadores y trabajadoras de distintos campos, que hoy nos hemos hermanado por la lucha y la justicia». 

Participaron del encuentro organismos de Derechos Humanos; sobrevivientes, familiares y amigos de detenidos desaparecidos y ex presos políticos; integrantes de la Comisión Memoria, Verdad y Justicia Zona Norte; de la Comisión de Ex Delegados De La Fábrica Ford y de la Comisión De Derechos Humanos “Pancho Soares” de Tigre; vecinos y vecinas. 

Tigre Municipio

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LA GRAN COSA

Haroldo Conti fue un magnífico escritor porque tenía talento para vivir

Por Marcelo Figueras 

Anduve el martes por la Feria del Libro, y la buena gente de Ediciones Bonaerenses —una acción pública y estatal, que el gobernador Kicillof encaró como desafío en medio de la pandemia— tuvo la gentileza de preguntar si me interesaba alguno de sus títulos. Me interesaban varios, pero no dudé un segundo: «El de Conti», dije. En prensa (1955-1976) recoge textos de no ficción del autor de Sudeste y Mascaró, el cazador americano. Hay entre ellos una conferencia que dio en la Escuela No. 12 de su Chacabuco natal, artículos sobre el cine argentino en el que intervino como crítico y guionista, entrevistas concedidas a medios como La Opinión, reflexiones sobre el oficio de escritor, la carta mediante la cual rechazó ser considerado como recipiente de la beca Guggenheim («Me resulta inaceptable postularme para un beneficio que proviene del sistema al que critico y combato», dice allí, refiriéndose al imperialismo de los Estados Unidos) y también crónicas deliciosas, como la que bautizó Tristezas del vino de la costa o la parva muerte de la isla Paulino.

Habrá quienes, no teniendo por qué saberlo todo, consideren que el libro cubre un tiempo de producción exiguo. En la vida de un escritor, veintiún años no son la gran cosa. Lo que ocurre es que Haroldo Conti no dejó de escribir por voluntad propia, ni a causa de una enfermedad ni de un accidente de tránsito. Conti fue secuestrado y desaparecido por los verdugos a sueldo de la dictadura cívico-eclesiástico-militar, en ese año liminar de 1976. En el prólogo de esta edición, el periodista y narrador Juan Bautista Duizeide cuenta que sus compañeros de la revista Crisis armaron un quilombazo para alertar sobre lo ocurrido ese 5 de mayo, de lo cual acaban de cumplirse 46 años. «Pusimos en marcha todo un operativo de búsqueda y denuncia», dice allí Aníbal Ford, y agrega: «Logramos que a las doce horas la noticia saliera en el New York Times». En tiempos pre-celular y pre-Internet, esto califica como proeza.

Pocos días después, el 19 de mayo del ’76, Videla almorzó en la Casa Rosada con narradores insignes: Borges, Sabato y el cura Leonardo Castellani, además del entonces responsable de la Sociedad Argentina de Escritores, que para aumentar la incomodidad se apellidaba Ratti. La ocasión constituía lo que hoy llamaríamos una photo op, estrategia de marketing para sugerir ante nuestra sociedad y el mundo que los intelectuales bancaban a la dictadura. Por eso mismo el almuerzo representó —y representa aún— un oprobio, pero Castellani aprovechó la oportunidad. Conocía al desaparecido, porque Conti había estudiado y servido en el seminario de Villa Devoto donde él mismo vivía y enseñaba, y encaró a Videla para reclamar por él. (Nobleza obliga, dicen que Ratti también lo hizo y pidió además por otros once escritores que estaban presos.) Poco después Castellani ratificó lo hecho ante un periodista de la revista Crisis: «Días atrás —declaró— me había visitado una persona que, con lágrimas en los ojos, sumida en la desesperación, me había suplicado que intercediera por la vida del escritor Haroldo Conti». Aníbal Ford cuenta algo parecido. Según él, la madre de Conti «venía todos los días a Crisis y preguntaba dónde está Haroldo, decime dónde está Haroldo«.

Borges, Sabato, Castellani: almorzando con Jorge Rafael.

En mi casa familiar, Conti era algo así como nuestro prohibido-permitido. Su novela Sudeste (1962) vivía en uno de los estantes de la biblioteca que compartía con mi madre. No recuerdo cómo me enteré del destino de Conti, pero tengo presente que cada vez que la detectaba en el anaquel me ponía nervioso, porque ese libro no era un libro común — era el libro escrito por un «subversivo», y en consecuencia nos ponía en peligro a todos. Creo que ese ejemplar sigue estando allí, en la casa vieja, dentro de una caja que espera rescate, ahora que estoy en plena reconstitución de la biblioteca que amasé durante la vida y fue tupacamarizada por mudanzas y divorcios. Por esa, entre otras razones, Conti siguió siendo una asignatura pendiente en mi vida. Pero durante la travesía no dejó de emitir señales, que pesqué en su momento y de las que hoy me hago cargo.

La edición que sigue en casa.

Cuando escribí mi novela El rey de los espinos (2014), moldeé el personaje de un historietista desaparecido a imagen y semejanza de Oesterheld. Si hasta le concedí algo que también caracterizaba al autor de El eternauta: su condición de padre de cuatro hijas militantes. Pero en ese tiempo me enteré de algo delicioso que Conti había hecho. Poco antes de ser secuestrado, armó un cartel que colgó de la pared que se alzaba delante de su escritorio, cosa de no poder evitarlo cada vez que se sentara a escribir. Reproducía una frase en latín: Hic meus locus pugnare est hinc non me removebunt. Que significa: «Este es mi lugar de combate, y de aquí no me moveré». Me pareció una divisa ejemplar. Y ahí sigue, llamándome eternamente desde la página 166 de El rey de los espinos.

Si Conti viviese, y en el tanto o más improbable caso de que aceptase sentarse a la mesa de la Diva de los Almuerzos, no sería raro que Mirtha le preguntase: «¿Y vos qué hiciste, para que te secuestraran». (Pensé en ella porque Conti la cita en uno de los textos de En prensa, cuando habla del común de los laburantes argentos y dice que «salvo que uno sea general o Mirtha Legrand, hay que patearla detrás del mango de la mañana a la noche». Quizás hoy cambiaría «general» por «empresario de medios» o «juez de la Corte», pero a grandes rasgos el planteo sigue siendo válido. También alude a la Legrand en una segunda oportunidad, cuando lamenta que ciertos colegas escritores acepten «exhibirse en un programa de astrología o en los almuerzos famosos por televisión», persuadidos de que un escritor debería ser una suerte de «Mr. Éxito».)

En este mundo no hace falta acometer ninguna tarea excepcional para que te peguen un tiro en la jeta, como le pasó a la periodista de Al Jazeera —periodista palestina— Shireen Abu Aqla, simplemente por cumplir con su trabajo. Podés escribir un libro perfectamente inocente, como la colección de cuentos de Conti Con otra gente (1967), y que tu obra termine en la hoguera, como ocurrió en el ’78 con toneladas de volúmenes del Centro Editor de América Latina, por orden de un juez a quien la dictadura le quedaba más cómoda que la Constitución. (Me acordé de este hecho cuando leí hace horas que un esperpento que pasa por colega de Conti negó que la dictadura hubiese quemado libros, y pretendió que eran sus dueños quienes los quemaban. Si así fuese, mi ejemplar de Sudeste sería cenizas.)

No quemaron libros, dice un gil.

El gran pecado de Conti fue, primero, no limitarse a hablar de aquellas cosas de las cuales se espera que los escritores hablen: libros, ventas, otros autores, el futuro de la literatura, para mencionar también las preocupaciones de la gente común, de la que nunca dejó de considerarse parte. («Ahora al escritor se lo consulta, se le da participación», dijo en una entrevista concedida a La Opinión. «A veces, por suerte, se le pregunta sobre política».) En segundo lugar, Conti tampoco se limitó a hablar sino que puso el cuerpo, militando en una organización política de aquella era — hecho que, a no ser que el corpus legal de la Nación incluya artículos escritos con tinta invisible, sigue sin justificar el secuestro, la tortura y la ejecución. Para mí que le apuntaron porque su figura y su palabra tenían peso, dado que a esa altura del partido la buena fortuna le había sonreído.

En el ’75 ganó el premio Casa de las Américas por Mascaró, pero ya en el ’71 había recibido el Barral por su novela En vida. Entre otras cosas, esa notoriedad le valió ser invitado a posar para la tapa de la revista Gente, rodeado de figuras como Carlos Bianchi, Landrú, Graciela Borges y el golfista De Vicenzo. (Cuya esposa confesó, durante uno de esos almuerzos de Mirtha, que antes de cada partido besaba las pelotas de su consorte.) Hoy hace ruido lo de la tapa de Gente, pero en aquella época ese semanario publicaba cosas que se dejaban leer. Lo recuerdo porque llegaba a casa, a pedido de mis padres. De hecho el libro En prensa incluye una entrevista que Conti concedió a Gente ese mismo año, y que está muy bien. El problema era que vidrieras semejantes hacían que cada cosa que Conti dijese sonase como magnificada por un megáfono.

Y en los ’70, esa década que suena remota y a la vez próxima del modo más inquietante, defender la causa del pueblo te convertía en un blanco móvil.

Conti en la revista Gente.

La Orestíada de Conti

«Soy bastante inculto en cuanto a literatura argentina», escribió Conti en un texto del ’68. Yo debería imitar su honestidad y decir que soy bastante inculto en materia de Haroldo Conti. He leído obsesivamente cada cosa que Walsh y Oesterheld escribieron y se escribió sobre ellos, pero a Conti lo tuve siempre fuera de foco — en cuadro, sí, pero relegado a mi visión periférica. Lo cual no tiene nada que ver con su grandeza, claro. La trascendencia de un artista suele ser cuestión de timing: ellos están disponibles a toda hora, lo que cuenta es que los descubramos y abracemos cuando nuestra alma está a punto caramelo para valorarlos.

Entre las señales que registré en el camino —Conti era fan de Kerouac, dicho sea de paso—, encontré afinidades que fueron arrimando el bochín a la instancia de construirme como lector suyo. La confesión de ignorancia respecto de la narrativa local, por ejemplo, era un rasgo generacional, porque como tantos colegas —Walsh, para empezar, pero también Piglia—, Conti había elegido leer ante todo a autores anglosajones; una proclividad que, llamativamente, se repitió en la primera generación de escritores argentos post-dictadura de la que me tocó ser parte.

Hemingway: Ernestito, dime tú…

El libro En prensa incluye una crónica sobre Hemingway y Cuba que es a la vez homenaje, ajuste de cuentas y despedida: La breve vida feliz de Mister Pa. El «Pa» es apócope del mote que Hemingway se había ganado en España: «Papa» como el tubérculo, palabra grave antes que aguda. Aunque nadie supo explicar a qué se debía el apelativo, le quedaba pintado al Hemingway otoñal de aspecto de púgil medio pesado, dulcificado por la barba de abuelo de Heidi. Conti cubre toda la relación del escritor con la isla: desde que llegó a fines de los años ’20 y se alojó en el hotel que apropiadamente se llamaba Ambos Mundos, a sus últimas visitas durante la Revolución. Lo que va del tipo que todavía era más conocido como periodista que como narrador, a su condición de leyenda viva, cuando «cobraba 15.000 dólares por un simple artículo y percibió 125.000 por Las nieves del Kilimanjaro —dice Conti—, casi lo que cobra Carlitos Monzón por una pelea en Mónaco».

Yo que estuve a esto de meterme en el seminario de Villa Devoto a fines de los ’70, entiendo el sincretismo que Conti hacía entre cristianismo y marxismo, como si fuesen dos etapas de un mismo movimiento vital. Lo mismo me ocurre con su amor por el cine, en el que siempre quiso estar metido y lo logró como guionista. Su último trabajo fue La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro, que Nicolás Sarquis consiguió estrenar recién en el ’83. Pero el libro En prensa me reveló que Conti había sido quizás el primero en trabajar la adaptación de Zama, novela de Di Benedetto que se resistió a llegar a la pantalla hasta que en el 2017 Lucrecia Martel clavó pica en Flandes. Por supuesto, la relación entre estos otros dos grandes amores de su vida —el cine y la literatura— debía ser también sincrética. «Mis novelas son concebidas en imágenes», decía Conti a La Opinión en el ’73. «No las pienso en capítulos, sino en secuencias».

La casa de Conti en el Tigre.

Comparto asimismo su amor por el Delta del Tigre, que descubrió del modo más inusual: desde arriba —desde el aire—, cuando lo sobrevoló como piloto. Sin habérmelo propuesto, llevo tres novelas ambientadas total o parcialmente en el Tigre. Pero mi amor por el Delta es formal. Como digo en uno de esos libros, me gusta más la idea que su concreción. (Entre los mosquitos y yo hay algo personal.) Pero el amor de Conti por el Delta fue real, carnal. Después de contemplarlo desde lo alto como un dios, se metió a navegarlo, a sentirlo — lo vivió a fondo. Cuando uno lee Sudeste no se limita a explorar una ficción, lo que siente es que está compartiendo una experiencia. «No escribo novelas —decía Conti—, sino que las vivo». La prueba está al alcance, en cualquiera de sus textos.

De entre las cosas que me llevan hacia Conti, quiero destacar dos más. Primero, el hecho de que no haya temido crecer en público, que se notasen las correcciones en el rumbo de su balandra. Hay escritores que parecen haber nacido enteros, fundidos en bronce desde la cuna. Pero los que más me gustan son aquellos que me participan de sus búsquedas, despistes y hallazgos. A Conti le tocó una época de cambios sísmicos. Walsh se dio vuelta como media cuando la realidad se coló en su mundo privado, sentándose a la mesa del bar de La Plata donde jugaba ajedrez y bebía cerveza, y le dijo: «Hay un fusilado que vive». Esa verdad casi susurrada, que Walsh quiso comprobar con sus propios ojos como el escéptico Tomás de los Evangelios, le permitió evolucionar de gorila y escritor burgués a escritor genial de vocación populista. En Conti, la divisoria de aguas la marcaron sus visitas a Cuba, donde lo invitaron dos veces como jurado del premio Casa de las Américas.

Conti y Walsh: leer el río.

«Fue una de las más importantes, acaso la más importante experiencia de mi vida», escribió. «Cuba es una especie de colina de América desde donde se divisa todo el continente. Desde La Habana tomé conciencia de América Latina», dijo. Y agregó: «Por primera vez en mi vida entendí qué significa la patria: ser argentino y al mismo tiempo latinoamericano. Más que nada es un sentimiento de mi piel, porque a pesar de mi título de profesor en Filosofía y Letras, no soy un hombre muy informado ni muy leído. Más que nada me guío por el instinto».

Ese instinto lo emparentaba al personaje de la novela En vida que se presenta así: «Soy Orestes, hago cosas». Eso era lo que más le gustaba a Conti: hacer cosas, vivirlas. Por eso su currículum se parecía más al de uno de esos aventureros que escribían libros, como London y Kerouac, que al del común de los publicalibros locales: ex seminarista, piloto civil, camionero, bancario, profesor de literatura, pescador y navegante, militante político, guionista, licenciado en filosofía, escritor… Durante su discurso en la escuela de Chacabuco citó una frase en la que Juan José Morosoli inventa un neologismo con el cual, presumo, se identificaba: «Busca-rumbo». Eso era o quería ser, un busca-rumbo. Y por eso le gustaba decir que sólo era escritor cuando escribía, aún a sabiendas de que no decía toda la verdad — porque la persona que escribe en serio sigue siendo escritora aún cuando caga, coge o duerme.

Esa es la segunda de las características de Conti que lo vuelven entrañable. La certeza de que si no vivís, y vivís intensamente, escribir carecería de la más mínima gracia.

De la literatura como banquete

Ese es el tema del cual Conti eligió hablar, en el extraño pero significativo escenario de la escuela de Chacabuco a la que asistió durante su infancia. «En realidad, yo nunca salí de aquí», es casi lo primero que dice. Y por aquídeberíamos entender la Escuela No. 12, pero ante todo el pueblo — el llano. «Yo… me miro —le dice al alumnado que escucha— y me reconozco en ustedes, me miro y me reconozco en cada vieja cosa». Acto seguido procede a evocar una escena del pasado que se hace presente en esa sala, se le aparecen el viejo Minervino tocando la gaita, la Plaza San Martín durante la fiesta de San Donato y la mano de la señorita Bonini acariciando su cabeza. Y esa capacidad de conjurar lo que no está como si estuviese y de jugar con el tiempo como si fuese plastilina lo lleva a reflexionar sobre el poder que hace posible el hechizo, que es nada más y nada menos que la creación narrativa — la escritura, bah.

Conti dice que escribe porque «resulta, al menos por ahora, mi única manera de realizarme. Casi diría mi manera de existir, siempre que se le dé al término su verdadera consistencia filosófica… A través de mis personajes, soy yo el que me vivo». Por eso descree de la escritura como carrera profesional burguesa, «una forma exquisita de la singularidad», sino que piensa en ella como «una imperiosa y hasta trágica necesidad». Conti escribe porque se siente compelido a hacerlo y para hacerlo se ve impulsado a vivir, porque de otro modo, ¿sobre qué escribiría? Escribir es su manera de ser en el mundo, de percibir y de hacer, el componente insoslayable de un circuito virtuoso: uno experimenta y hace cosas para sacarle el jugo a la vida y escribe para expresar lo inefable de la existencia —la propia y la de cada una de las personas / personajes a través de los cuales vive— y se manda a experimentar otra vez y hacer más cosas para poder cantarle a la vida todavía mejor, más lindo, más hondo.

En Conti no hay diferencia ni separación entre vida y escritura. Son etapas de un mismo proceso vital, como cristianismo y marxismo. (O peronismo, pensarán otras y otros.) O sea, dos caras de la misma moneda. Y las caras de una moneda no pueden divorciarse, son inseparables. Por eso Conti cita en Chababuco al Hemingway que decía: «El talento reside en como uno vive la vida». Y a continuación, para ejemplificar también por la negativa, desarrolla una crítica a Borges. A quien reconoce como «el escritor más brillante y refinado de un país que es, más bien, todo lo contrario». Borges le interesa poco y nada porque «con todo su talento literario, es el tipo con menos talento para vivir. No tiene nada para darme como no sea ese brillo y esa forma y algún comentario sobre las literaturas germánicas medievales».

Conti rescata entonces la figura del Morosoli que les mencioné, aquel que inventó el neologismo busca-rumbo. Instancia en la cual ustedes se preguntarán, como me lo pregunté yo en mi ignorancia: ¿y quién cazzo es Morosoli? Lo cual conduce a una respuesta wikipédica —Morosoli era un escritor uruguayo, hijo de un inmigrante, que escribía historias «simples y descarnadas», como las define Conti, sobre gente ídem—, pero esa respuesta wikipédica no haría otra cosa que distraer del argumento central. Si la disyuntiva existe entre los ejemplos que constituyen Borges y Morosoli, la historia parecería contrariar a Conti, porque Borges sigue siendo un referente y a Morosoli hay que googlearlo. Pero ese score es lo que derivaría de mirar la cosa con los ojos del mundo, desde el afán resultadista que caracteriza a ese sistema que Conti criticaba y combatía.

Visto en términos de éxito económico y notoriedad, Borges vence por goleada. En cambio, si lo mirás desde el prisma Hemingway-Morosoli-Conti, que cuenta entre sus elementos de juicio cierto equilibrio / equivalencia entre vida y obra, la cosa se ve distinta. Supongo que, entre otras causas por su (de)formación cristiana, Conti tenía una noción de trascendencia que no es la más común. No porque midiese el asunto desde la noción de una vida eterna ulterior, que es lo que manda la ortodoxia; sino porque prefería vivir al mango, para que al final, cuando la muerte llamase a su puerta, la experiencia acumulada le permitiese darse por satisfecho. Seamos sinceros: es dudoso que el prestigio y la guita compensen, en la agonía, la frustración de haber sido infeliz toda la vida.

«Detrás de Morosoli hay un mundo poblado de gentes», dice Conti. «Detrás de Borges hay un vacío poblado de ausencias. Borges vive entre libros. Morosoli vive entre hombres». Por eso se cuida Conti de distinguir entre un escritor, como se reivindica él mismo, y un literato. «Lo que yo quería —añade— era una literatura que no se interpusiera entre uno y la vida, sino que fuese justamente un modo de conocerla y penetrarla mejor». A partir de lo cual hila fino y asevera que de lo que se trata no es de hacer una literatura formalmente comprometida —o sea, política de modo panfletario—, sino de «asumir un compromiso con la vida» que entrañe «una conducta y un riesgo».

A este respecto, qué duda cabe, no puede haber sido más consecuente. Conti opinaba que «ser revolucionario es una forma de vida, no una manera de escribir». Aspiraba a que los escritores latinoamericanos no se conformasen con ser figuras decorativas, abalorios en el arbolito plástico de la cultura oficial; más bien contaba con que su coraje y su debilidad no fuesen ni más ni menos que «el coraje o la debilidad de un pueblo».

Leer a Borges supone compartir una experiencia de lectura(s), leer a Conti supone compartir una experiencia de vida. Ninguna es mejor que la otra per se, pero convocan a dos perfiles de lector distintos, y en ocasiones opuestos, como se desprende de formas antitéticas de encarar la experiencia humana. Por eso Conti pudo decir en el ’73 que acababa de terminar «la primera novela que escribo con alegría». Todo indica que hablaba de Mascaró, por la que fue premiado en el ’75. Esa es la razón por la cual sugiere que se independizó de la influencia de Hemingway, del mismo modo que uno se independiza de su padre: porque el Viejo se había perdido la Revolución, «la más grande y magnífica aventura», pero él no. Conti se asumía testigo de un proceso político que solucionaba «los problemas fundamentales del hombre (trabajo, vivienda, salud, educación, etc.)». Y estaba orgulloso de experimentar comunión con hombres y mujeres que, en vez de percibirse explotados, se sentían «dueños del país». Por eso quería algo parangonable para su propia nación, cómo no entenderlo. Quién sabe cuántas otras novelas podría haber escrito desde esa alegría, de no haber ofendido a aquellos para quienes la felicidad del pueblo es mala palabra.

Hemingway: talento para vivir (y morir).

Uno de los textos más preciosos del libro En prensa se llama Cómo entender qué es eso que yo llamo la Gran Cosa. Arranca con una nueva equiparación entre existencia y escritura: «A veces —dice— pienso que los días de mi vida se parecen a las teclas de esta máquina. Son redondos y precisos y justamente porque no hacen otra cosa que escribir». A continuación cita a Paco Urondo, quien le ha encargado esas líneas y por ende lo ha conminado a sentarse delante del teclado. Lanzado a esa (dis)posición física y mental, Conti se plantea qué escribir y en esa circunstancia la cabeza se le puebla de cosas: gente querida, paisajes, actividades («Es el tiempo de la zafra del tiburón, ese oscuro pez del invierno hecho a su imagen y semejanza»), músicas («Pongo un disco de Jobim para no morirme del todo»), sabores, anécdotas, deseos, añoranzas. Y mientras mezcla todo eso y se embarulla, le atribuye a su amigo Lirio Rocha —cómo no iba a ser lírico, Lirio— tener claro qué es la Gran Cosa. Porque la Gran Cosa es la vida. Pero no sólo la vida: «La vida —dice Conti— y que yo hago lo que hago, si efectivamente es hacer algo, como una forma de contarme todas las vidas que no pude vivir». Y así queda claro que la vida es la Gran Cosa (la vida que le birlaron, hay que recordar, porque una cosa es almorzar con Videla y otra muy distinta que Videla te almuerce) pero que la escritura también puede ser la Gran Cosa, siempre y cuando no pierda su conexión con la Gran Cosa Original.

Se ve que a Conti le encantaba este aspecto particular del acto de escribir, la posibilidad de saltar «sobre las distancias y el tiempo» y juntar todo y a todos los que quiere juntar «en esta mesa del recuerdo que tiendo y sirvo para mis amigos». No es una mala imagen para representar el hecho literario. Me gusta verlo como la mesa de un banquete a la que se invita a quien quiera acercarse, para picotear sabores y compartir experiencias, contar historias pero también escucharlas («Escribir es escuchar», recuerda Duizeide que decía Walsh), en suma: lo opuesto del solipsismo — la literatura como acto de generosidad. Los momentos más paladeables del arte se dan cuando uno se pierde entre, y por, la gente.

Qué bueno que dije lo que dije cuando la muchachada de Ediciones Bonaerenses preguntó qué libro me interesaba. En prensa (1955-1976) es una maravillosa introducción al mundo de Conti. Quien creía que la literatura equivalía a participar comunalmente de un super-poder, porque cualquiera de nosotros puede leer a «Faulkner o Mann o Morosoli o Caldwell o Macedonio Fernández o Joyce o Pavese u Horacio Quiroga o Dylan Thomas o Hemingway o Mateo Booz» (o Conti, habría que agregar a esta lista confeccionada por Conti) y sentir que todavía están vivos. Porque todavía lo están, para cada lector o lectora que disfruta de su arte.

Por esa misma razón, al final de su conferencia en Chacabuco Conti armó un epitafio para Morosoli que cuenta como borrador del propio, porque ¿qué clase de escritor sería uno, si se perdiese la oportunidad de garabatear lo que querría que dijese la propia lápida?

Este es Juan José Morosoli, que vive.

«Morosoli persona ha muerto. Morosoli escritor vive», dijo allí. «Sus libros los escribió la vida. Morosoli vivirá siempre». Cambien «Morosoli» por «Conti» y listo. Pero Conti añade una línea más a la expresión de su deseo: «Ojalá alguien alguna vez, aunque sea en una mediocre conferencia, diga y sobre todo sienta lo mismo de mí».

Si algo justifica este mediocre texto es su condición de documento, en certificación del talento que Conti desplegó a la hora de vivir, del hecho de que Conti escritor vive aún, de que Conti vivirá siempre.

FUENTE: El Cohete a la Luna

La guerra de Malvinas según las maestras de escuelas primarias

El desembarco en Malvinas generó una euforia patriótica incluso entre muchas de las personas que unos días antes -el 30 de marzo- habían cantado en las plazas del país «se va a acabar la dictadura militar».

En las escuelas había que cantar todos los días el himno a las islas, escribir redacciones sobre el tema, convocar a les niñes para que escriban cartas a los soldados. Las maestras y directoras recibían esas indicaciones y buscaban a la vez la manera de no transmitir triunfalismo ni la desconfianza por el destino de las colectas y las cartas. La dictadura se resquebrajaba pero no se retiraba de las aulas. La memoria de las maestras es también memoria de resistencia.

“No veía la hora en que se terminara el gobierno militar. Se estaban cumpliendo seis agobiantes años de miedos y silencios, de destrucción de los sueños, de tristezas por la locura que hizo que muchos ya no estén. Como si todo esto fuera poco, aparecía el general Galtieri anunciando el desembarco en las Islas Malvinas. Jamás pensé que algo bueno pudiera suceder. Fue la manera en que el gobierno militar logró acallar las voces de muchos sectores que empezaban a criticar y pedir elecciones nuevamente. Les podía servir para salir más favorablemente del gobierno y que se olviden de los espantos. Una jamás olvidaría.

«En la escuela se vivía un nivel de patriotismo militar, que me ponía los pelos de punta”, dice Magdalena Canevari que tiene 68 años.

En el 82, cuando tenía 27, la nombraron maestra titular interina en una escuela de Hurlingham, dice que tenía menos alumnos de los normal y que quedaba en el fondo del barrio, cerca de Campo de Mayo. Durante los 74 días que duró la guerra recuerda que hacían prácticas para desalojar la escuela:

“No me acuerdo mucho pero se iban evacuando por grados. Se hacían simulacros de bombardeos, tocaban el timbre y los chicos debían meterse debajo de la mesa y quedar callados, se escribían cartitas para los soldados y les compartían sus golosinas”.

No era la única forma en la que el reciclaje de los resabios de la dictadura se metía en las aulas: la marcha de Malvinas había que aprenderla de memoria y se cantaba a la salida de la escuela, el ritmo debía ir acompañado del golpe en el suelo de los zapatos.

La marcha fue compuesta en 1940 para contribuir a la difusión y el conocimiento de la soberanía sobre las islas, la letra fue el resultado de un concurso poético musical que ganaron José Tieru y Carlos Obligado, el certamen fue organizado por la Junta de Recuperación de las Malvinas durante la presidencia de Roberto Marcelino Ortiz, pero fue recién durante los meses de la guerra que los medios de comunicación y las escuelas la transformaron en la banda de sonido oficial del arraigamiento patriótico: ¡Para honor de nuestro emblema, para orgullo nacional, brille, ¡oh Patria!, en tu diadema la pérdida perla austral”

Desde el 2 de abril hasta el 14 de junio la currícula en las escuelas del país era una de las tantas formas de alentar la guerra, también las escuelas fueron sedes para las colectas y los entramados solidarios hacia los cientos de jóvenes enviados a la guerra con la promesa de un regreso heroico aunque la mayor parte del abrigo, las golosinas, las cartas y las donaciones no llegaron más que a las manos de los altos mandos y nunca a los soldados.

Pero antes, todo eso que nunca llegó estaba alojado en las salas de actos, decenas de bolsas organizadas metódicamente por el mismo cuerpo docente que se dividía entre quienes formaban parte de una algarabía colectiva al mejor estilo de la competencia futbolística -¿cuántos años duró la canción de “el que no salta es un ingles” en las canchas”?- y quienes ya sabían que la guerra era una jugada de la dictadura más cruenta de la historia argentina.

Alicia Affato trabajaba en la escuela Nicasio Oroño y en el 82 tenía 37 años: “El 2 de abril cuando salí de mi casa vi que un vecino había colgado la bandera argentina en su balcón. Reaccioné mal, a los gritos denuncié la maniobra de la dictadura. Mi vecino la sacó pero yo estaba indignada porque sabía que todo era mentira, fue una etapa muy dolorosa, por momentos, insoportable” relata Alicia que en esa época militaba en el Partido Comunista y era delegada de la escuela:

“Las discusiones se centraban en que se trataba de un acto patriótico y que yo tenía ideas «extranjerizantes». Yo denunciaba que nada vinculado a la dictadura tenía que ver con la patria, que nuestras tropas no estaban preparadas para enfrentar a un enemigo tan poderoso. «

Con respecto a las colectas yo me preguntaba: ¿Por que nunca habían ayudado a los niños de la escuela que eran muy pobres? Teníamos muchos niños tobas que no eran admitidos en otras escuelas. Yo lo decía todo el tiempo porque estaba convencida que las colectas estaban instaladas por los medios y que donar estaba bien” cuenta Alicia que daba clases en una escuela que quedaba en el barrio Arroyito, en Rosario.

La bajada de línea

En el 82, Lidia Lloret estaba embarazada de su primera hija que nacería en julio, trabajaba en una escuela de Versalles y tenía complicidad con la directora del colegio: “Yo lo único que quiero es que mi hija no nazca en guerra”, le decía a la directora en los recreos. Las dos estaban en contra de esa bravuconada bélica pero tenían que obedecer la bajada de línea que venía del Ministerio de Educación y de un organismo específico que se llamaba Consejo Nacional de Educación.

El combo de estrategias destinadas a las escuelas iban desde las colectas hasta las producciones literarias en las clases de historia y lengua: poesía, cartas y narrativa: “En mi escuela hubo reuniones con la directora para ver los trabajos que se tenían que hacer. Para mi era muy difícil de acuerdo a mi posicionamiento político por estar en contra del gobierno militar y considerar a esa guerra absurda. Los chicos en general venían con relatos armados desde las casas, la mayoría apoyando la guerra y queriendo tener una actitud solidaria con los soldados. Había que manejar todas las inquietudes de los chicos, yo tampoco quería entrar en conflicto con los padres”, cuenta Lidia que decidió no participar de las colectas: “Los padres y algunas maestras organizaron colectas de víveres y ropa tejida por las madres. Todo eso estaba organizado en bolsas que los mismos chicos llevaban al salón de actos que quedaba en el primer piso. Yo no participé de eso”, cuenta.

Hablar en el aula de Malvinas era ponerse en la piel de un relato vivo, sin la perspectiva del tiempo y con la información sumamente distorsionada. Las maestras estaban a cargo de una ardua tarea: “Las maestras éramos las historiadoras en el sentido en el que la historia estaba pasando. Y si bien no podíamos decir lo que pensábamos, si podíamos contener porque muchos -sobre todo los varones- estaban entusiasmados con el tema de la guerra.

Cementerio en Malvinas con restos sin reconocer aún (Telam)

«Me acuerdo que abracé mucho a una alumna que se llamaba Paula, que era nieta del escritor y periodista Conrado Nale Roxlo, ella tenía la vena de escribir, hacía poesía, escribía sobre los pobres soldaditos que tan jóvenes que van a dar su vida por la patria y dejan a sus madres llorando. Lo recuerdo y se me caen las lagrimas. El resto de los chicos repetían lo que los padres hablaban en las casas”.

Elena Rigatuso es docente rosarina y en el 82 trabajaba en una escuela del barrio industrial Empalme Graneros, en La Plata. La semana pasada escribió un posteo de Facebook con una foto de una carta que ayudó a escribir a sus alumnos y alumnas destinada a los soldados de Malvinas::

“Durante la Guerra yo era maestra de primer grado, con mis alumnos además de sumarnos a las colectas de medias, gorros y chocolates, escribimos una carta para que sea entregada a los soldados en el frente. Me acuerdo que empezamos así “Queridos soldados”. Dos años después nos llegó la respuesta”.

La respuesta tenía un remitente muy claro: Aldo Raúl Torres, Ex combatiente de Malvinas clase 62, la carta está fechada el 17 de marzo del 84 y comienza así: “El motivo de esta carta es para agradecerles a los alumnos de primer grado y a la maestra Elena”. La suerte del primer grado de la Escuela 456 Carlos Pellegrini no fue la de la mayoría, muchas de esas cartas no llegaron a destino como tampoco las colectas ni las donaciones.

Tiempo después los testimonios de los ex combatientes revelaron lo que se suponía: Juan Alberto Bassano, ex combatiente contó: “Muchas de las cosas que mandó el pueblo llegaron a Puerto Argentino, pero la distribución se hizo muy difícil después del 1 de mayo, cuando ya se había desatado la guerra. Sé que muchas cosas quedaron en los galpones de Puerto Argentino. Luego supe que se hizo una investigación en la base de Comodoro Rivadavia y nos enteramos que mucha mercadería había sido vendida en kioscos por la gente del Ejército”.

María Cristina Zambruno tenía 35 años y trabajaba en la escuela Carrasco con niños y niñas de primer grado, ella destaca dos aspectos que vivía dentro de la escuela:

“Uno era la esperanza de creer que las Malvinas podían volver a ser argentinas y otro era la bronca que le tenía a los milicos. Los chicos que yo tenía eran muy chiquitos y hacían dibujos y cartitas. Pero ya sabemos que son cosas que nunca llegaron. Esto me hace acordar a mi abuela ese día que se hizo un programa especial de televisión, ella regaló una joya que tenía de oro, andá a saber a dónde fue a parar” y agrega “desde el Ministerio llegaban bajadas de línea, pero nosotras teníamos una directora que no nos imponía, recuerdo que se cantaba mucho el himno de Malvinas y después del hundimiento del Belgrano empecé a dudar mucho más, pero tuvo que pasar un tiempo para que supiéramos lo que había pasado”.

El funcionario que manejó los fondos fue Amadeo Frúgoli, ministro de Defensa del gobierno dictatorial de Leopoldo Galtieri. En 1982 el ejército publicó un informe muy escueto donde explicaba el supuesto destino de los fondos: la mitad fue usada en medicamentos, una cuarta parte para comprar equipos y repuestos para la batalla y el resto para combustible. Nada de eso se pudo comprobar.

Dos plazas llenas y un desembarco

En el 82, Maria Inés Balbi tenía 46, vivía con su esposo y tenía 7 hijos, ninguno de los varones con edad para ir a la guerra: “El 30 de marzo de ese año una huelga de trabajadores conmovió al país, fue generalizada y reprimida como era de esperar en esa eterna noche que estábamos viviendo. La Plaza de Mayo desbordaba al grito de Pan, Paz y Trabajo y una dictadura agónica intentaba dar sus últimos manotazos para salvarse. Yo recuerdo corridas y detenciones que, en muchos casos , serían futuras desapariciones. Y el 2 de abril ¡sólo tres días después! amanecimos con la noticia de que “Tropas argentinas habían desembarcado en Malvinas”.

Inés vivía en Villa Celina y era directora de una escuela en donde la mayoría de lxs estudiantes eran del barrio “Las Achiras”: “Era un barrio muy humilde, muchos de los chicos que iban a la escuela tenían hermanos haciendo el Servicio Militar y cada familia sufría por el destino y paradero de sus hijos. Hay una calle que le cambiaron el nombre original por el de Soldado Juan Rava. ¿Se pueden equiparar quince cuadras con una vida truncada en pleno germinar?”, se pregunta.

Solo tres días separaron un día histórico de la lucha sindical argentina de aquel desembarco en donde los jovenes, además de luchar contra militares experimentados, tuvieron que soportar el clima, la tortura y la mala alimentación. A pesar de la crueldad, ese tiempo fue un tiempo bisagra que culminó con el fin de de la dictadura que había comenzado en el 76.

“Yo estaba en contra del régimen militar y a la vez tenía una fuerte conciencia antimperialista, por lo tanto viví ese momento con las contradicciones que lo vivimos muchos: Yo no estoy en contra de la guerras antiimperialistas, pero en este caso, tenía la contradicción de saber quien dirigía esta guerra” cuenta Elena que participó de la marcha del 30 y recuerda cómo se invitaban de boca en boca y se reconocían con la mirada:

“Carlos De la Torre, un histórico dirigente docente, sacó un cartelito hecho a mano que decía Cetera y fuimos tras él”.

Elena en ese tiempo tenía 29 años y también recuerda que cuando el 2 de abril Galtieri anunció en la plaza que se habían recuperado las Malvinas, la gente cantaba: Galtieri, Galtieri poné mucha atención, Malvinas Argentinas, el pueblo con Perón: “Yo no creo que haya sido una guerra inútil, esa guerra se perdió pero también significó el fin de la dictadura y eso no es poca cosa. A partir de ahí el pueblo volvió a ganar las calles, esos jóvenes no cayeron en vano”.

El después de las batallas perdidas

El 14 de junio del 82 los soldados argentinos se rindieron con el peso de 649 muertes y los sobrevivientes fueron obligados al silencio, de los que volvieron, más de 400 se suicidaron y recién alrededor de 1986 comenzaron a aparecer sus relatos.

Las aulas fueron uno de los escenarios en los que los ex combatientes pudieron hablar de lo que había sucedido:: “Yo recuerdo que en una charla en el aula a la que invitamos a un ex combatiente él dijo nos obligaron a no decir nada” cuenta Margarita Papalardo, que en aquel momento tenía 29 años y era preceptora del Liceo Víctor Mercante en la ciudad de La Plata, ciudad con un alto caudal de estudiantes desaparecidxs durante la dictadura.

“Así se fue conociendo a través de los relatos en primera persona como mintieron y ocultaron. Entonces de lo que nos mostraron los medios de comunicación a lo que después nos contaron en primera persona los ex combatientes nos sucedieron una mezcla de sentimientos, entre la conmoción, el horror y la bronca porque al fin de cuentas habíamos acompañado esos silencios, nos habíamos acostumbrado a no hablar” recuerda.

Graciela Monje fue maestra de primer y segundo grado en una escuela de Ciudad Evita. El 2 de abril de 1982 tenía 33 años y estaba sentada en el sillón de su casa amamantando a su hijo de tres meses:

“Recuerdo ese día como una fotografía, estaba tremendamente angustiada. Estaba muy formateado el estilo en el que teníamos que enseñar, recuerdo que las inspectoras durante toda la dictadura nos decían que teníamos que enseñar de acuerdo a una secuencia. Me cuesta recordar, pero por ejemplo la primera palabra era mamá creo que la segunda palabra era oso y la tercera palabra era papá y vos no podías cambiar ese orden que ya venía en los libros. Me trajo muchos tirones de oreja querer cambiar ese orden para enseñar las palabras”.

Graciela cuenta que ya en el 82 empezaba a aparecer la pedagogía de Emilia Ferreiro, una pedagoga argentina radicada en México: “A mí me pareció un flash porque ella trabajaba con el contexto, es decir, que aparecían las palabras que aparecían y eso tenía que ver con las necesidades de existencia. Es incorporar el nombre de los objetos que tenés alrededor, en tu vida y no palabras con orden como obligaba el proceso militar”.

En el 94, Graciela asumió un cargo directivo y conoció la historia de un ex combatiente que había llegado a Río Gallegos y que cuando estaba a punto de partir a Malvinas se lastimó los testículos con un arma y lo hicieron volver a Campo de Mayo. En ese momento el muchacho enterró documentación, fotos y hasta un arma en un descampado y migró a México.

“Cuando volvió después de muchos años y quiso encontrar lo que había enterrado se dio cuenta de que en el lugar habían construído una cancha de paddle. Eso era lo que le hubiera permitido rápidamente conseguir el subsidio que le dio el Estado a los ex combatientes”.

El padre de Graciela es militar y tiene 96 años, ella casi no tiene relación con él y dice que no participó de la dictadura pero la apoyó. Cuando se enteró de la historia del ex combatiente, llamó por teléfono a su papá para ver si se podía hacer algo:

“Mi viejo averiguó y lo que me dijo después, es que había muchas personas que aprovechaban y mentían para tener el subsidio. Yo lo creí a este muchacho que con el tiempo se transformó en músico que escribe canciones que tenían que ver con Malvinas”.

María Cristina Zambruno tenía 35 años y trabajaba en la escuela Carrasco con niños y niñas de primer grado, ella destaca dos aspectos que vivía dentro de la escuela: “Uno era la esperanza de creer que las Malvinas podían volver a ser argentinas y otro era la bronca que le tenía a los milicos. Los chicos que yo tenía eran muy chiquitos y hacían dibujos y cartitas. Pero ya sabemos que son cosas que nunca llegaron. Esto me hace acordar a mi abuela ese día que se hizo un programa especial de televisión, ella regaló una joya que tenía de oro, andá a saber a dónde fue a parar” y agrega “desde el Ministerio llegaban bajadas de línea, pero nosotras teníamos una directora que no nos imponía, recuerdo que se cantaba mucho el himno de Malvinas y después del hundimiento del Belgrano empecé a dudar mucho más, pero tuvo que pasar un tiempo para que supiéramos lo que había pasado”.

La agonía de la dictadura y la vuelta a la democracia vienen adosados al dolor de esta guerra, un feriado nacional, ex combatientes organizados, leyes reparatorias y actos escolares para reponer esta historia. A cuarenta años es una historia revisada y recordada pero todavía con la pregunta de si hubo un reconocimiento justo, si las gruesas capas de silencio que cargan todavía muchos ex combatientes podrían alivianarse un poco más. Y si ese reclamo no tendría que estar más presente cada 24 de marzo para que ellos también tengan Memoria, Verdad y Justicia.

FUENTE: Página 12